Una ciudad de locos

El pasado lunes, en el autobus que me llevaba a casa, un joven de piel oscura, bebido, estaba molestando a un grupo de chicas de piel café con leche. El joven se volvía pesado y las chicas intentaron despedirle. Pero el joven lo percibió como una forma de racismo y se enojó. Entonces un hombre, cincuentón de pelo blanco, quiso ayudar a las chicas. Intentó calmar al jovén, invitándole a dejar a las chicas en paz. El joven, enfurecido, empezó a insultar al anciano y a provocarlo fisicamente.
De pronto, un gigante de piel blanca y pelo rapado surgió de la parte trasera del autobus. Atrapó al joven por la chaqueta y el pantalon y nada más llegar a la siguiente parada, lo tiró a la acera. El maquinista cerró la puerta y los viajeros agradecieron su actuación al salvador que volvió a sentarse en la parte trasera del autobus.
El joven siguió al autobus frenado por los atascos y dio varios golpes en los cristales. Pero el autobus arrancó y el joven se cansó.
Y yo no sé que es lo peor si la aparición de un autoproclamado justiciero o las felicitaciones que le otorgaron los demás viajeros…

Al día siguiente, en el metro, una mujer hablaba exageradamente fuerte por teléfono y molestaba a la gente de su entorno. Total una anciana se puso a leer en voz alta el libro que estaba estudiando y su vecina, interasada por lo que escuchaba, le preguntó el título de la obra.
Mientras intercambiaban informaciones acerca del libro, la mujer del teléfono comentaba el acontecimiento a su interlocutor : « tengo que hablar más bajo porque una loca se puso a leer su libro y otra loca se puso a hablar con ella ».
Y yo tengo la sensación que la locura no se halla donde la pone la mujer del teléfono…

Ayer me encontré con un equipo de cine, con cámaras y pértigas para micrófonos, en el vagón abarrotado de la línea 2. No sé que tipo de película estabán rodando pero provocaron la curiosidad de los viajeros que sacaron muchas fotos con sus móviles. Por suerte bajaron en Belleville y pude seguir mi viaje más tranquilamente.

Hoy necesitaba pasear en un espacio más apacible y fui al parque Monceau. Había mucha gente dando vueltas, corriendo por la alameda exterior, mientras las personas sentadas en los bancos interactuaban con sus móviles. Yo preferí admirar los colores otoñales del parque.

Al salir del parque seguí caminando por el muy aburrido distrito 8, rumbo a la estación Saint Lazare en donde crucé una tropa de scouts paseando con herramientas…
¡Qué cosas !

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