Un verano tristón

El pasado martes, quería llegar a mi oficina a las siete de la mañana. Este horario no cuadraba con los de mi autobús de siempre así que la única opción era viajar en metro.

En las estaciones y los trenes, los viajeros de la madrugada son mayoritariamente trabajadores desdichados que cumulan empleos duros y salarios bajos. Total, no constituyen una población interesante para los que piden limosna y generalmente nadie te molesta. Pero muchas estructuras de ayuda dejan de funcionar durante las vacaciones y ese día viajamos con una señora que solicitaba a cada persona individualmente, sin éxito.

Al atardecer me marché volando de mi oficina para pasar por una antigua espejería que aprecio, antes de hacer un largo recorrido por la vertiente norte de la colina de Montmartre.

Si las terrazas de café siguen muy concurridas, algunas tiendas cambiaron de actividad mientras otras cerraron por vacaciones, lo cual resultó perfecto para mi presupuesto.

Al día siguiente hice un largo recorrido por el distrito XII.

En la calle Montgallet, casi todas las tiendas de informática estaban cerradas por vacaciones. En la calle Crozatier, ubiqué la clínica veterinaria adonde tendré que llevar las gatitas cuando vuelvan a París. Luego seguí rumbo a Bastille antes de perderme por la calle de la Roquette y sus numerosas tiendas.

Luego pasé la noche en la terraza de la vecina de la quinta planta, aguantando tres gotas de llovizna para quedarme un poco más en su estupendo jardín.

No tenemos un tiempo de verano y eso influye sobre la moral de los parisinos, que ya llevan varios meses con restricciones de todas clases, tienen ansias de luz y de sol y no encuentran destinos turísticos seguros para viajar en tiempos de pandemia.

Este año, lo único bueno del verano es la abundancia de los jardines…

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