¿Descanso navideño?

Se acercan las fiestas de fin de año y todos vamos escudriñando las cifras de la covid y las noticias acerca de la variante ómicron.

Entre mis colegas, son muchos los que planearon viajes sea para juntarse con la familia, sea para salir de la gran ciudad y pasar unos días en los montes. Entonces se trata de vacunarse, hijos incluidos, para conseguir el pase sanitario y limitar los riesgos.

Como si fuera poco, anunciaron huelgas de ferrocarriles y las perspectivas de viaje se volvieron enseguida más complicadas. Pero incluso los sindicalistas necesitan vacaciones y aplazaron el movimiento.

Total, pude viajar tranquilamente hacia mi casa de campo, con las gatas y mi portátil profesional, para unas semanas de trabajo a medio tiempo.

Nada más llegar, una de mis colegas me informó que había sido diagnosticada como positivo para Covid-49 y tuve que hacer una prueba por si había transportado el virus sin saberlo. Por suerte resultó negativo, pero por lo menos me dio la oportunidad de comprobar que seguir el recorrido de este virus es requeté complicado.

De momento, ya pude hacer algunos recorridos por los senderos y sin mascarilla.

Ahora solo falta hacer algunas compras y saborear algunos platos navideños.

¡Hasta pronto!

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Diciembre con algunos claros

Después de tantas lluvias tuvimos algunos días de frio seco, perfectos para caminar al salir de la oficina.

El miércoles, me perdí por el nordeste de París. El tranvía me dejó al lado de la calle Saint-Fargeau, bordada de altos edificios con pocos comercios, muy parecida a una ciudad dormitorio. No tenía mucho tiempo, pero cuando andas por esta zona, las pocas estaciones de metro dan acceso a una línea secundaria y no tienes más remedio que viajar en el autobús que comunica varias zonas del nordeste. Mucha gente en el autobús, mucho tiempo para el trayecto… Yo me escapé cerca de la estación Rosa Parks, y al caminar por la calle de Aubervilliers, en obras, pude admirar el Sagrado Corazón justo a la hora azul del atardecer…

Aproveché los dos días siguientes para pasar por varias zonas de los distritos XVIII, XIX y XX y constaté con asombro que, de momento, la gente no empezó las compras navideñas.

Otro cantar fue al pasar por la zona de los grandes almacenes en donde los niños y sus familias estaban admirando las instalaciones navideñas.

En los escaparates de las Galerías Lafayette, pantallas de todos los tamaños reemplazaron las marionetas: más fácil de instalar, más barato, pero más ordinario y los niños ni miraron estas instalaciones.

Más adelante, el Printemps proponía escaparates más tradicionales, con duendes músicos, y había cola para contemplarlos.

Cerca de la iglesia de la Madeleine, constaté con sorpresa que Fauchon, empresa de comida gourmet, había cerrado los dos almacenes que tenía al lado de la iglesia. Y en la esquina de la plaza, el café Pouchkine permanece cerrado desde el confinamiento. Pero Ikea sigue abierto y a tope de clientes.

Luego caminé al azar rumbo a la calle Montorgueil y la galería del Gran Ciervo. Todas estas zonas me parecieron algo dormidas, y no sé notaba la frenesí consumista de otros tiempos.

A ver si eso cambia en los días que vienen…

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¡Grises!

Esta semana se nos regaló una colección impresionante de nubes muy grises, que tapan la luz y transforman el medio día en atardecer. Y como si fuera poco, también tuvimos chubascos y esta perversa llovizna que te deja mojado hasta los tuétanos.

En la gran ciudad, siempre queda la posibilidad de entrar en algún almacén para abrigarse. Pero resistir a todas las tentaciones resulta bastante difícil…

Total, renuncié a mis paseos del anochecer y aproveché algunos claros para caminar en medio día por el bosque de Vincennes, lejos de la multitud que ya está explorando los almacenes en busca de algunos regalos. En este gran espacio que pertenece al municipio de París, pude admirar una pequeña ardilla y varios pájaros. También constaté que los jardineros renunciaron a sus furgonetas y ahora emplean un magnífico caballo para tirar del remolque. Y todo eso sin gastar nada.

El gris del cielo y la perspectiva de una quinta ola de Covid impactan la moral de la gente. Planear encuentros con los familiares para las fiestas resulta bastante complicado y la vuelta de la mascarilla obligatoria en las escuelas es una pesadilla extra.

De todas maneras, no queda más remedio que esperar días mejores y mientras tanto, saborear los pequeños placeres cotidianos. Probar un pastelito desconocido, recoger el pedido de Champagne, compartir un almuerzo con alguna amiga…

Borrar los grises y cambiar de gafas para ver (un poco) la vida de color rosa…

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Una tarde en Montmartre

La asociación de los Greeters de París volvió a proponer paseos a los turistas en busca de visitas alternativas, y a mí me tocó acompañar a una joven pareja procediendo de Guadalajara (España).

Aparecieron en el terraplén central de la plaza Pigalle a la hora en punto, a pesar de la lluvia, y a partir de allí empezó el recorrido de subidas y bajadas por la colina de Montmartre.

Yo llevaba mucho tiempo sin recorrer este itinerario y confieso que varios detalles me decepcionaron. En la plaza de las Abadesas, la presencia de un pequeño mercado de Navidad fue une grata sorpresa. Pero en la iglesia Saint Jean no encontré las puertas de una antigua capilla que representaban los siete pecados capitales.

Mis paseantes no conocían la película “Amélie”, así que no pudieron reconocer los lugares de la historia. Pero apreciaron los molinos y la vida de la calle Lepic.

Otra decepción surgió en la callecita Marie Blanche ya que ahora una barrera impide admirar la fachada de la casa neogótica que se halla en el número 7. Pero seguimos rumbo a la calle Caulaincourt en donde hicimos una parada en la tienda de Arnaud Larher para probar algunos productos. ¡Siempre mola compartir un momento así con gente que aprecia los pasteles!

Seguimos rumbo arriba, admirando de paso las casas, las estatuas y algunas perspectivas pintorescas. Después de una última bajada hacia el “Lapin Agile”, un último esfuerzo nos llevó a una plaza del Tertre, despejada de las terrazas de bares y restaurantes, con algunos artistas dibujando retratos impresionantes.

Luego entramos en el Sagrado Corazón en donde los altavoces reclaman periódicamente el silencio para no molestar a las pocas personas que están rezando (pero el ruido de las monedas en el distribuidor de medallas no molesta…).

Y acabamos contemplando la ciudad e intentando de identificar algunos monumentos.

Finalmente los dejé disfrutar a su ritmo del encanto de la colina y me marché cuesta abajo.

Me alegró constatar en los ojos de mis paseantes que Montmartre desprende un encanto especial. Pero también noté, aquí o allí, que algunas tiendas redujeron su superficie mientras otras permanecen cerradas.

No sé si los comercios de la zona turística podrán superar una quinta ola de Covid…

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El caos de los transportes

 

La perspectiva de una quinta ola de coronavirus se hace cada día más real: las cifras de contaminaciones diarias aumentan así como el número de personas hospitalizadas. Y ahora se trata de vacunarse por tercera vez.

En este contexto, los elegidos de la región Ile de France constataron que el nivel de frecuentación de los transportes públicos sigue estancado a 75% de su nivel anterior al covid y aprobaron una reducción de la oferta, lo que significa una disminución de frecuencia de los autobuses, metros y tranvías.

Si yo entiendo perfectamente los problemas de rentabilidad de las compañías públicas, también se sabe que los que siguen viajando en estos transportes son los trabajadores de la “primer línea”, “invisibles” pero totalmente imprescindibles. Ganan poco, viven lejos y cualquier reducción de los horarios pronto se convertirá para ellos en una auténtica pesadilla.

Para los numerosos habitantes de las afueras que eligieron desplazarse en coche, ya es preciso despertarse y  marcharse más temprano, y aun así, uno no se libra de los atascos.

Yo constato de vez en cuando que el primer autobús de mi línea pasa más tarde, pero eso no impacta mucho mi jornada laboral.

La única noticia buena es que en algunas zonas, los patinetes tendrán que limitar su velocidad a unos diez kilómetros por hora. Ahora sólo quedara la tarea casi imposible de enseñar el código de circulación a los ciclistas y luego podremos convivir más normalmente en las calles de la capital.

 

Como caminante incorregible, al pasar por la puerta de Pantin, noté en el suelo este medallón de peatón y al encontrar varios ejemplares, entendí que eso era una señalización entre la estación de metro y la parada de tranvía.

Me alegró constatar que todavía conceden un pequeño trozo del espacio público a los peatones y ahora tengo que encontrar un medallón de este tipo para ponerlo delante de mi casa 🙂

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