Lunes, noche templada.
Cuando llega el sin domicilio fijo que duerme al pie de mi edificio, constata que varios vecinos están charlando tranquilamente, sentados en «su» banco. El hombre espera un momento antes de expulsar a estos vecinos sin vergüenza que le impiden instalar su cama en «su» banco.
Martes, 8h30.
En la parte del bulevar de La Chapelle que pasa por encima de las vías de ferrocarril, debajo del viaducto de la línea de metro, otros sin domicilio están despertando. Los que duermen en el pequeño jardín de al lado de la estación de metro ya recogieron los colchones y los juntaron verticalmente contra la reja del espacio de los trenes.
Miércoles, 7h30.
Paso por el mismo lugar que ayer pero más temprano. En el acampamiento siguen durmiendo. Noto cinco jóvenes sin manta, pegados unos a otros para combatir el frío de la noche. Justo al lado, un hombre ya despertó y se cepilla los dientes.
Viernes, 7h30.
Cuando paso al lado del bulevar de la Chapelle, una centena de policías están bloqueando el bulevar para embarcar a los naufragos del viaducto en varios autobuses, rumbo al centro de retención de Vincennes. Redada, una vez más, y la vida continúa.
Sábado.
En la frutería, las dependientes esperan a sus últimos clientes antes de cerrar por vacaciones. En la cajita que me corresponde, colocaron la etiqueta «doña kit de supervivencia».
En la muy selecta avenida de Wagram noto dos tiendas de sin domicilios pero nada de eso en los Campos Eliseos: bajando desde el Arco del Triunfo rumbo a la plaza de la Concordia, uno atraviesa un universo invadido por las marcas, con mucha agitación.
Nada más cruzar la avenida Matignon y entrar en los jardines, uno recupera una agradable sensación de tranquilidad. Hora de tumbarse con un libro en el césped.