Dolce vida cerca de la Nación

Esta semana tocaba aprovechar este verano que se alarga para disfrutar de una tranquila terraza cerca de la plaza de la Nación.

Como siempre llegué con mucha antelación y eso me dio la oportunidad de explorar esta plaza que conozco esencialmente como nudo de tráfico automóvil.
Me dejé sorprender por la tranquilidad de algunas de las avenidas que desembocan en la plaza y noté la presencia de varios comercios de proximidad en su lado Sur.
Eso me llevó a considerar más detenidamente la estructura de esta plaza cuyo diámetro supera 250 metros. En realidad cuenta con dos calzadas concéntricas separadas por una cinta de terraplenes. La frenesí automóvil sólo impacta la calzada interior y en la calzada exterior ya se nota más tranquilidad. Lo divertido es que crearon una especie de jerarquía geométrica, con diez avenidas conectando con la calzada central y una pequeña calle limitada a la calzada exterior.
La circunferencia de la plaza también refleja el espíritu de los distritos cuyos límites pasan por allí: al Norte el distrito 11, popular y animado, al Sur el distrito 12, más residencial.

Tras esta exploración metódica, casi llegué tarde a la cita. Uno de mis amigos ya me estaba esperando y el segundo llegó poco después.
Por estar en una gran avenida la terraza de la Mère Pouchet nos pareció asombrosamente tranquila y pasamos un buen rato allí.
Luego quisimos descubrir el interior y la decoración sencilla pero acogedora nos dejó una buena impresión. La cena resultó más que correcta y globalmente el sitio nos pareció muy decente.

Ahora sólo falta escoger un sitio para nuestra próxima quedada.

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La revuelta del maquinista

Esta semana seguí reposesionándome la ciudad, recorriendo algún bulevar en donde los vecinos intentaban vender sus tesoros, visitando una de estas pastelerías que yo me sé…

Ayer, al volver de un largo recorrido topé con un maquinista particularmente puntilloso que me regaló una sucesión de momentos divertidos.

Todo empezó cuando subieron cuatro jovenes que se negaron a presentar un título de transporte. Entonces el maquinista les interpeló, avisando que no arrancaría mientras no se rendían. De los cuatro, tres bajaron pero se quedó un joven negro más cabezudo que sus amigos. Y la situación permanecía bloqueada cuando un viejo africano, con su traje tradicional, empezó a hablar con el joven provocador. Pero no había manera de razonarle y el viejo sacó su monedero para regalarle el tiquet. El joven le enseñó su abono y al final bajó del autobus para seguir con sus amigos.
La verdad es que la dignidad de este viejo sabio, asumiendo las tonterías de un joven con supuestas raices comunes, me pareció extraordinaria.

Tres paradas despues, un conductor distraído estacionaba en el espacio del autobus. Tras algunas invectivas, el maquinista se paró de tal forma que los viajeros no podían bajar por culpa del coche. Total bajaron por la puerta de delante y casi todos añadieron invectivas extras a las del maquinista.

Mas lejos se presentaron dos mujeres y cuatro niños, de los cuales dos con patines de ruedas. Imperturbable, el maquinista enunció el reglamento y no dejó subir la pandilla.

Lo más impresionante ocurrió al llegar al fin de la línea cuando un conductor descarado quiso cortarle el paso al autobus. El maquinista no se rendió y el dominguero no tuvo más remedio que circular a contrasentido.

Este viaje muy animado se acabó con varias sonrisas, la mayoría de los viajeros compartiendo las exasperaciones del maquinista. Yo seguí caminando, aprovechando un suave sol de septiembre.

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Reposesionándose la ciudad…

Tras muchas horas de viaje, por fín llegué a mi querida ciudad.

En realidad, la sensación de vuelta empieza a una decena de kilómetros de la ciudad, cuando aumenta la densidad de coches en la autopista, y se concreta con el primer atasco.

¡Porte d’Orléans!
Esta entrada Sur de París sigue con su eterna maldición. Si ya se acabaron las obras del tranvía y los correspondientes atascazos, ahora vamos con las obras de extensión de la línea 4 del metro y seguimos con nueva variedad de atascos.
Ayer el periférico parecía paralizado así que recorrí los bulevares exteriores.
A pesar de estar conduciendo, no pude resistir a unas micro sesiones de contemplación, con la bendita ayuda de algunos semáforos requete oportunos 🙂
La larga cinta verde del tranvía resulta de verdad muy bonita y noté varios edificios que merecen una investigación extra. La luz me pareció muy bonita pero las gatas ya no podían aguantar más tiempo viajando…

Tras enfrentar las escaleras con las maletas y veinte kilos de cebollas, tocó la hora de devolver el coche.
Lleno de gasolina, primer contacto con los precios parisinos: 1€11 el litro de gasoil cuando queda bajo el euro en el sur de Francia…
Estación del Norte, los «incluidos» esperaban su tren de alta velocidad mientras en la puerta, los marginados mendigaban un cigarrillo.

El tiempo muy suave invitaba a volver caminando.
De paso, visité una de estas nuevas tiendas diseñadas para los solitarios con prisa: abre hasta las 24h y propone todo lo necesario para inventar una comida en un plis plas.
Al lado del metro Barbes, ya no estaban los vendedores callejeros de cigarillos pero se percibía otro tipo de comercio.
Ya llevaba demasiado horas de pie para seguir paseando.

La reposesión continuó hoy con la visita a mis comerciantes preferidos: la frutera ya me esperaba y el carnicero me habló con emoción del largo camino hasta su tierra de veraneo.

Mañana vuelvo a la oficina y podré repartir una parte de mi cosecha de cebollas.

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¿Velib o no?

Dentro de una semana volveré a la ciudad de las luces y toca tomar unas decisiones más o menos importantes.
Entre éstas surge la pregunta de contratar o no un abono de velib.

Cuando empezó la instalación de estas bicis en libertad, a los tres meses contraté un abono de un año. Costaba una treintena de euros y te dejaba usar estas bicis tantas veces como querías siempre que las sesiones de uso no superaran 30 minutos. Al final de este año, constaté que los había usado tres días, esencialmente porque había huelga de los transportes. Y al final no seguí con el abono.

Hoy la oferta de velib mejoró muchísimo. Primero porque instalaron más estaciones dentro de París, pero también porque extendieron el territorio de la oferta a los municipios de rodean la capital. Total tengo dos estaciones al lado de mi oficina y otra al lado de mi club de deporte.

Si vacilo tanto es que el velib me plantea dos problemas.

El primero es que yo suelo pasear mirando por todas partes menos por donde piso y eso no es adecuado para desplazarse en bici por la jungla parisina.

El segundo es que no me gusta hacer bici cuando no llevo pantalón y zapatillas. Total por vestirme de modelito o lucir algunos tacones improbables, en varias ocasiones renuncié a usar el velib.

Por cierto, puedo rehacer mi vestuario y conservar exclusivamente lo que cuadra con la vida de ciclista urbano de azar. Pero como viandante empedernida no sé si soy capaz de centrarme en el manejo de esta maquinita.

¿Y vosotros, que decís?

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París desde los montes

Ya llevo una semana en esta tranquila aldea de monte que tanto me gusta y este cambio de ritmo viene de maravilla para hacer el balance de la vida parisina.

Si admito sin problema que el tema del alojamiento puede convertirse en una auténtica pesadilla y si reconozco que la vida parisina resulta más fácil con algo de dinero que como millarista, tengo la sensación que lo que más les hace falta a los parisinos es el capital cultural mínimo para disfrutar de su ciudad.

La última vez que llevé a alguien de paseo, en varias ocasiones esta persona se asombró al verme sacar una foto e intentó adivinar lo que me interesaba. Al final del paseo me gustó su conclusión muy graciosa:

«Para apreciar París, es preciso mirar hacia arriba»

Cuando veo a todos estos parisinos ensimismados, caminando con la mirada hacia el suelo, considero que no saben lo que se pierden.

Otra sensación tengo con las pandillas de jóvenes que hacen tiempo en los alrededores inmediatos de las estaciones de la Red Exprés Regional.
Con estos, intuyo que el tema del capital cultural es un auténtico problema y a veces tengo ganas de convertirme en educador callejero para proponerles algunos recorridos y ayudarles a apropiarse la ciudad.

De momento seguiré cargando las pilas para poder enfrentar serenamente el otoño parisino.

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