¡Ya volvieron y yo me marcho!

Esta semana se notaba que las vacaciones de los parisinos ya se acabaron.
Más gente en la calle, más tráfico automóvil y mi autobus preferido ya tarda más para llevarme a mi destino cotidiano.

Si volvieron a la capital, no todos retomaron el trabajo. Para muchos es preciso arreglar el tema de la vuelta a la escuela para los niños, con la inverosímil lista de compras para que todo este listo el próximo miércoles.

Lo bueno es que la frutera de mi barrio también volvió y tras unas semanas de difícil supervivencia, por fín puedo disfrutar de melocotones realmente ricos y sentir de nuevo placer al comer frutas.
El panadero también volvió pero el carnicero se otorgó una semanita extra.

Pocos paseos esta semana.
Me tocan otra vez unas semanas de vacaciones y para dejarlo todo en orden antes de marcharme y tranquilizar a los que acaban de volver, fueron largas jornadas de muchas horas sin parar.

Ahora sólo falta poner las maletas en el coche, capturar las gatas y llevarlas a su jardín preferido.

¡Hasta pronto!

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¡Que calor!

El pasado miércoles enfrentamos el día con más calor de todo el año (por lo menos eso dice Meteo France): 36 grados, en una ciudad que no está preparada para eso.
Por cierto tenemos las instalaciones de París Playa y podríamos acudir para probar los refrescantes brumisadores. Pero si todos se comportaran así, estos artilugios enseñarían muy pronto sus límites.

Este año, tras varias temporadas de boicoteo, quise visitar la instalación que armaron en la orilla de la dársena de la Villette y eso me reconcilió con el proyecto.
Si la instalación inicial del centro de París resulta demasiado concurrida, con una reunión asombrosa de mirones y de exhibicionistas en un espacio reducido, en la Villette se trata de otro cantar.
Primero porque ya no estamos en el hiper centro de París sino en un barrio rehabilitado en los años 80s cuya población cuenta esencialmente parisinos de a pie. Nada para fardar y mucha gente del vecindario.
Luego porque el espacio de la dársena de la Villette resulta mucho más adecuado que la orilla del Sena para este tipo de instalación. Las amplias orillas a salvo del tráfico automóvil dejan pasear sin agobio y el tamaño y la tranquilidad de la dársena permiten acoger una zona de juegos acuáticos para los niños, con barquitos incluidos.
Tras este descubrimiento, seguí explorando el itinerario del autobus número 60 pero de momento son muchas las cosas que no capto bien.

El viernes tocaba otro paseo con una deportista y se notaba al caminar que mucha gente seguía de vacaciones, pero la semana que viene será diferente.
Esta mañana en el mercado se veían los veraneantes recien de vuelta y en la calle, los coches ya son más numerosos.
No quedan más remedios que constatar que para la mayoría de los parisinos, ya se acabaron las vacaciones.

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¡Ojala se queden de vacaciones!

Como cada año, justo antes del 15 de agosto, París se vuelve realmente estupendo.
Tiendas cerradas por vacaciones, parisinos que no volvieron todavía, menos tráfico automóvil, terrazas de cafés repletas de gente… Este toque veraniego me encanta porque invita a disfrutar tranquilamente de la ciudad.

Esta semana, el señor sol nos regaló varios días con una luz de maravilla poco despues del amanecer. Iluminaba los edificios y la ciudad se hizo de verdad muy bonita.
Uno de estos días tuve suerte porque en mi autobus de siempre me tocó una maquinista soñadora y sin prisa. Eso alargó agradablemente mi trayecto y pude disfrutar a gusto de esta luz tan especial.

Pero París no es una ciudad muy adaptada para enfrentar varios días seguidos con más de 30 grados.
Si eso crea folclore en la calle, cuando la gente huye el bochorno de su vivienda para reunirse por la noche alrededor de los bancos públicos, resulta especialmente agotador cuando tienes que usar el metro.
El otro día, la línea 4 te regalaba en un viaje de 15 minutos una auténtica sesión de sauna.

Sábado 15 de Agosto, día festivo.
La ley que permite la apertura de los almacenes los domingos y días festivos fue votada pero todavía no la aprovechan.
El sábado es mi día tradicional de abastecimiento y resultó particularmente complicado encontrar un sitio abierto. Curiosamente el supermercado de la esquina permanecía cerrado mientras el Monoprix más allá funcionaba.
Sesión de compras muy agradable en un sitio con aire acondicionado antes de enfrentar el tremendo calor de la calle.

Mis gatas, que no son tontas, se pasan el día durmiendo y a la noche, cuando llega este airecito refrescante, entablan su sesión de juego.

Mañana toca volver a la oficina para una de las últimas semanas de guardia.
Sólo faltan dos semanas y me marcho de nuevo hacia mis montes preferidos

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Agosto a gusto

Ya llevamos una semana con una gran cantidad de parisinos veraneando fuera de la capital y todo va de maravilla: el tráfico se hace más fluido, las calles tienen un toque alegre y no falta el rayo de sol.
No pude resistir y me otorgué un viernes de libertad para pasear con mis cómplices.

Esta vez exploramos el distrito 6. El tema empezó con confusión porque discrepamos sobre la interpretación de la enigma definiendo el punto de salida, pero con los móviles, todo se arregló en un plis plas.
Este paseo nos dió la oportunidad de descubrir el jardín del Instituto Católico y la Iglesia Saint Joseph. Luego pasamos al lado de Saint Sulpice pero tras encontrar las pastelerías de Sadaharu Aoki y de Pierre Hermé cerradas por vacaciones, no pudimos aguantar más e hicimos una parada golosa en la tienda de Ladurée, calle Bonaparte.
Luego el camino da vuelta alrededor de la plaza de Furstenberg y de las pequeñas calles de su vecindario antes de pasar par la calle de Buci y la calle Mazarine rumbo al Sena.
Caminamos tranquilamente y la hora de comer tocó justo cuando llegamos a la plaza Saint André des Arts en donde encontramos una terraza perfecta.
Luego seguimos rumbo a la univerdidad de medicina pero el refectorio de los «cordeliers» estaba cerrado por obras. La calle Racine nos llevó al teatro del Odeón y luego pasamos un rato muy agradable en el jardín del Luxemburgo.
Otra vez un buen día recorriendo la ciudad.

Al día siguiente tocaba enseñar el Mercado de las Pulgas a unas viajeras de paso.
En el muy selecto Mercado Biron, se notaban los efectos de la crisis. Los turistas norteamericanos no son tan numerosos y los comerciantes vuelven a considerar a la clientela local.
Ya se acabó la creación de la pasarela entre el Mercado Paul Bert y la calle Jules Valles y esta apertura ya se nota en el Mercado Jules Valles.
Mis visitantes querían ver un mercado de comida así que abandonamos las Pulgas para sumegirnos en el caos del Mercado de Barbes.
Recuperamos fuerzas en un sitio indio antes de hacer un pequeño recorrido por la colina de Montmartre.
Fue una sesión muy interesante de intercambios de todas clases con dos mujeres realmente muy maja.

Por suerte, el grupo que tenía que llevar a pasear hoy no dio noticias. Me vino muy bien porque también a veces necesito descansar.

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El autobus número 60 y la Calle des Rosiers

Esta semana no daba para mucha fantasía: mucho trabajo, poca gente, todo fue activar el modo supervivencia y esperar días más tranquilos. Pero nada más salir de la oficina el viernes por la tarde, recuperé la chispa viandante.

Ese día tuve ganas de descubrir el recorrido del autobus número 60 que camina entre la plaza Gambetta y la puerta Montmartre y pasa muy cerca de mi casa.
Caminé tranquilamente rumbo a la calle Gambetta, inventariando todos los sitios que tengo que explorar más metodicamente y cuando llegué a la plaza, me metí en el autobus justo cuando estaba saliendo.
Su recorrido pasa por la parte alta del distrito XIX y me dio la oportunidad de contemplar otra vez este edificio que tanto me gusta. Luego pasamos al lado del Parque de las Buttes Chaumont y del muy coqueto ayuntamiento del distrito XIX.
Pero el panorama cambia al llegar a la avenida Jean Jaures y a esta zona cuya rehabilitación queda inacabada: edificios semi caídos, otros con ventanas tapadas… y artistas callejeros que iluminan las paredes.
Luego pasamos por la zona de empresas Cap18 antes de llegar al mercado de l’olive, en obras, y cuyos comerciantes acampan en una pequeña plaza.
Luego pude contemplar las nuevas pinturas de la calle ordener antes de llegar a casa.

Ayer el paseo fue de otro tipo. Quise escudriñar la calle des rosiers y sus comercios. Lo bueno es que lo hice con una vieja amiga judía que, delante de cada tienda, me contaba como era años atrás.
Si no formo parte de los que quieren transformar París en museo, contemplo algunas evoluciones con perplejidad.
¿Cuando las tiendas de moda ocupen los sitios de todos los antiguos comercios judíos, que será de los olores de falafel tan especiales de esta calle?
Por suerte todavía quedan varios sitios en donde probar especialidades sefarditas y asquenazíes y una libreria exhibiendo la Torah para dummies…
A ver si algún alcalde inteligente interviene para encauzar la inexorable evolución.

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