Experiencias veraniegas…

Mientras Paris Playa acogía a sus primeros visitantes, cité a mis amigos en el distrito XIX para probar un restaurante que varias personas comentaban muy positivamente.

Llegar allí fue toda una expedición ya que este sitio es relativamente mal comunicado. Pero aproveché el camino para contemplar el caos que provocan las obras de extensión del tranvía. Y luego exploré otro sitio que me deja muy perpleja.

Cuando por fín encontré el restaurante del día, constaté que llegaba temprano y me instalé en una zona que se parece a un pequeño salón bastante acogedor. Mis amigos llegaron poco después y pudimos pedir el aperitivo.

Ya empiezan a conocerme y ya saben que lo mio es experimentar. Pero creo que también aprecian las ideas improbables que suelto al azar. No se formalizan si no es un acierto y consideran que la fantasía de extraviarse compensa de sobra las pequeñas decepciones.

Eso nos pasó ese día. El sitio tenía buena pinta, buen ambiente, una cocina correcta y un precio razonable pero para nada merecía los comentarios elogiosos que había leido. Como siempre al juntarnos, pasamos un buen rato pero seguro que la próxima vez escogemos un sitio más céntrico.

El sábado tocaba seguir un itinerario para contemplar varias obras efímeras de los artistas callejeras Nemo, Mosko y Mesnager. No sé si fue pura vaguería o si las cuestas del distrito 20 nos rompieron las piernas pero ni siquiera llegamos a la mitad.

Por la noche, las arenas de Montmartre acogían el quinteto de Glenn Ferris para un concierto de jazz y de eso no me perdí ni un minuto. Escuchar este tipo de música en un lugar tan excepcional forma parte de las experiencias más agradables del verano.

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Paseando por el distrito 3

Esta semana aproveché el puente del 14 de Julio para rehacer el juego de pista dedicado al distrito 3 con mi pandilla de siempre.

El caso es que este fantástico librito presenta algunos fallos y a veces resulta imposible llegar al cabo del camino. Eso me pasó cuando hice el juego del distrito 3 por primera vez pero tras visitar la web que proporciona las correcciones, entendí el porque: donde era preciso caminar rumbo al Este, la letra decía rumbo al Oeste. Total ese día perdí el Norte 🙂

Al caminar con mi pandilla descubrí cosas que no había notado en la primera sesión. Así entramos en la iglesia de Santa Elisabeth y pude descubrir su increible colección de relieves.
Exploré el callejón sin salida que se llama «cité du petit thouars» y constaté que ya alberga oficinas de diseñadores de todas clases.
En el jardín del Templo encontramos una asombrosa asamblea de viejos chinos invadiendo los bancos para parlotear.
Calle del Templo, varios patios picaron nuestra curiosidad…

Seguimos así casi hasta las 12 porque de repente surgió la idea de almorzar en el restaurante «chez marianne», en la antigua calle principal de la judería.
Y así es como, una vez más, perdimos el ritmo. Porque tras aprovechar la pequeña terraza para descubrir un surtido de preparaciones de la casa, a duras penas retomamos el camino y caímos en la trampa que nos reservaba el «Pain de Sucre»: unos helados con sabores muy llamativos.

El lujo en París es a veces tan sencillo como conseguir entrar en el patio de un museo para saborear su helado en un decorado renacimiento 🙂
Tras este intermedio y otra pausa en otra terraza, por fín pude dar abasto con este recorrido.

Acabamos el día visitando varias tiendas pero sin convicción.

Ayer fue otro cantar.
Me metí con una amiga en el recorrido de la super cazadora de ofertas en la última semana de rebajas y si quiero compensar todos los gastos absolutamente imprescindibles que hice, serán varios meses sin comprar el más mínimo trapo :-))))))))))
La buena noticia es que encontré una nueva cámara de fotos y segun parece, supera mis esperanzas. Ahora sólo falta seguir redactando…

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Ya empieza el verano…

Tras arreglar varios problemas domésticos, por fin pude escaparme de nuevo y recuperar mi ritmo de viandante.
Aproveché una tarde soleada para visitar una tienda de la plaza del Odeon y si no encontré lo que buscaba, constaté con satisfacción que todos los cafés ya llevaban el ritmo veraniego, con la imprescindible terraza puesta.

Luego pasé por las pequeñas calles que llevan a la plaza Saint Michel. Noté varios cambios de actividad entre las tiendas pero no hice tiempo en esta zona demasiado concurrida y seguí la orilla del Sena rumbo al Oeste.

A pesar del tráfico automóvil, la orilla Sur del Sena es un buen sitio para pasear.
En la acera de los edificios, las tiendas de anticuarios presentan objetos de colección que no atraen a los adictos del consumismo. Y a continuación la Moneda de París y luego el Instituto son demasiado serios para estos seres volubles.
En la acera del Sena, si apartamos los puestos de los libreros de viejo, el recorrido atrae principalmente a estos contemplativos capaces de apreciar la silueta peculiar de la torre puntiaguda, la llamada de la plaza Dauphine, la fuerza tranquila del Puente Nuevo y la ligereza del puente de los Artes al lado de la monumental fachada del Louvre.
Compartiendo el camino con estos paseantes, pasé por el puente de cortazar sin encontrar a la Maga y dediqué un momento a este lugar que tanto aprecio: el patio cuadrado del Louvre.
Incluso en la temporada alta de turismo, este patio magnífico en el plan arquitectónico sigue regalando un espacio de tranquilidad en medio de la gran ciudad.

Al lado de la pirámide ya era otro cantar pero pude hundirme rápidamente en la parte subterránea rumbo a las tiendas que me interesaban.
En esta zona muy concurrida pasé el tiempo estrictamente necesario antes de escaparme en metro rumbo al Arco del Triunfo.

A partir de allí exploré un trocito de la avenida de Wagram y de la muy burguesa plaza des Ternes antes de meterme en el primer autobus rumbo a mi casa.

Fue una tarde de buena vida con unos hallazgos en las tiendas y varios momentos de paseo muy agradables.

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¡Sencillo como agua en el grifo!

El edificio en donde vivo fue construido en 1865 y a lo largo de su siglo y medio de existencia, fue remodelado poco a poco para proporcionar a sus inquilinos los imprescindibles elementos del bienestar moderno.
Propiedad inicialmente de una vieja soltera bretona, los pisos pertenecen hoy a una decena de personas, de las cuales tres viven aquí.

Yo me dejé seducir por la luz de esta quinta planta sin ascensor. Disfruto de un balcón que mis gatas adoran y desde la cocina veo la cúpula del Sagrado Corazón. Parqué chirriando, molduras y chimenea completan el panorama.

Esta vivienda conlleva una poesía que no tienen los pisos modernos, cuadrados, basicamente funcionales. Cuando llegué contaba detalles de mis antecesores y si me marcho un día, dirá mucho de mi personalidad. Pero esta ventaja tiene su contrapartida que aparece cada vez que se trata de obras.

El pasado viernes, cuando volví a casa, constaté con despiste que no había agua en el grifo.
Tras una encuesta entre el vecindario resultó que los pisos Norte no tenían problemas y que en los pisos Sur, cuanto más alto, cuanto menos agua.

Era demasiado tarde para llamar a un fontanero así que me resigné y fue relativamente fácil ya que mi vecina de rellano me avisó que se marchaba de vacaciones al día siguiente y me propuso invadir su piso, de okupa.

El sábado por la mañana, el vecino de la cuarta planta capturó a un fontanero por la mañana pero le explicó mal el tema y el problema permanecía.
Yo salí de compras y cuando volví, el fontanero había vuelto y con las explicaciones más acertadas de otro inquilino, había solucionado el problema.

Tras 24 horas inventando estratagemas para no perder las gotitas que salían de vez en cuando, ya tenía claro el consumo que hacemos sin siquiera pensarlo de este precioso líquido. Pero recuperar una alimentación normal fue una verdadera alegría.

¡A veces la felicidad es tan sencilla como agua en el grifo!

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Apoderándose el hiper centro de París

Al volver de vacaciones no podía imaginar mejor manera de reencontrar París que lo que propuso la asociación de los Paris Greeters.

Como cualquier asociación, necesita no sólo reclutar a voluntarios sino también conservar a los que tiene ya. Y con este fin, nada mejor que la organización de acontecimientos festivos reuniendo a los socios.

Esta semana tocaba un picnic en el jardín que se estira entre el foro de Les Halles y la iglesia San Eustaquio.
A las 19h aparecieron los primeros voluntarios y la asamblea llegó poco a poco a una cincuentena de personas.
Los hombres tenían que llevar la parte salada de la comida y las mujeres los dulces…
Sobra decir que en el plan gastronómico, esta cena no permanecerá en las memorias. Pero los intercambios entre socios compensaron de sobra.

A las 20h30, el presidente nos reservaba una sorpresa. Había invitado a un grupo de músicos, los Bachiques Bouzouks, cuyo objetivo es tocar viejas canciones francesas para que la gente cante.
Entonces repartieron libretos con la letra de una centena de canciones y a cantar…

Confieso que de todas las canciones que propusieron, no conocía mucho más de la mitad. Pero el momento me gustó muchísimo.
Varios turistas extraviados se acercaron al grupo y fueron invitados a cantar con los demás.

Yo me escapé sobre las 22 mientras el grupo seguía cantando y mientras caminaba rumbo a casa pensé que esta noche, sí que cambiamos la imagen que los visitantes tienen de los parisinos.

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