Buena intención número 26: superar la prueba de pasar una semana sin comer ni siquiera un pastel

Al apuntar esta meta en mi lista de buenas intenciones, ya imaginaba que resultaría sumamente difícil alcanzarla. Y la verdad es que desde el principio del año, nunca conseguí pasar más de siete días sin comer ni siquiera un pastel.

Desde el pastelito supuestamente energético antés de hacer deporte, rumbo al pastel antidepresivo para suavizar momentos de tensiones, pasando por las tremendas tentaciones del señor Pierre Hermé… siempre tropecé.

Pero hoy, por fín, superé la prueba.

La verdad es que aproveché circunstancias muy favorables: llevo ya siete días veraneando en una casa rural perdida en el monte y el pastelero más cercano se halla a una decena de kilometros…
Total tuve que encontrar otro supletorio y… me contaron que en la misma aldea hay un pastor que fabrica el queso de cabra local que se llama pélardon

No sé si será una alternativa dietética muy positiva pero por lo menos podré aguantar unos días extras sin pasteles.

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Segunda experiencia de guía

Esta semana me lanzaron un auténtico desafío : imaginar un recorrido para dos mujeres, una española de 38 años y una canadiense de 60 años, ambas interesadas por la vida local.

Confieso que pasé un par de horas meditando sobre este concepto de «vida local» antes de aceptar el reto pero es que es un tema tan vago que abarca todo y su contrario…
Al final encontré una línea directriz : escoger unos lugares frecuentados por los parisinos de a pie e inventar un camino para pasar del uno al otro.

Empezamos por este pasaje en donde las parisinas suelen buscar gangas. Pasamos por las galerías Colbert y Vivienne antes de contemplar como los parisinos disfrutan de los jardines del Palacio Real.
Dimos un vistazo al edificio del Ministerio de la Cultura antes de llegar a la calle Montorgueil en donde estudiamos la vida local desde la terraza de un café.
Seguimos por el Pasaje del Gran Ciervo rumbo a la calle San Denis y sus prostitutas (que también forman parte de la vida local). Así llegamos al Pasaje del Cairo y sus tiendas de trapos.
Luego caminamos hacia el Pasaje del Ancla antes de visitar las casas más antiguas de París (la ex y la actual). Así llegamos al Mercado de los Niños Rojos en donde sirven un té de menta muy bueno.

Luego el recorrido se convirtió en un gran momento de nomadismo urbano…
Farniente al lado del Canal San Martin, sensación pueblerina en el Faubourg Saint Martin, perfumes de curry en la calle Louis Blanc, sueño de medina en la Goutte d’Or, exotismo radical en el mercado de Chateau Rouge…
Una cerveza en Montmartre para recuperar, una ensalada en el distrito IX y despues de saludar a Georges Sand y Chopin, de admirar varias puertas de hierro colado, de escoger una casa en la Nueva Atenas, el recorrido se acabó en la estación Saint Lazare.

Fueron horas caminando pero también compartiendo sobre temas de sociedad, comparando unas realidades canadienses, españolas y francesas. ¡Esta nueva experiencia me encantó!

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Mediodía en el Pasaje Choiseul

Los azares de mis horarios me llevaron Pasaje Choiseul en mediodía entre semana. Ya pasé un montón de veces por este sitio pero siempre fue durante los horarios de oficina y siempre pude pasear tranquilamente.

¡Este viernes fue otro cantar!

Me encontré en medio de una multitud de oficinistas, aprovechando la pausa meridiana para invadir las tiendas de ropa del pasaje, en busca de la ganga del día…
Tengo aguanto pero no tanto… Entonces me refugié en la terraza de uno de los cafés que se hallan a la salida del metro Quatre Septembre.

En esta zona de oficinas, observar los movimientos de mediodía no tiene desperdicio: grupos de hombres vistiendo el uniforme traje/corbata y paseando con la dignidad asociada a su función, mujeres caminando con prisa como abejas libando, algunos escasos grupos mixtos…
A las 13h45 el movimiento se acelera : se acaba la pausa y es preciso volver a la oficina.
A las 14h00 abandoné la terraza y me encaminé hacia el Pasaje. En las tiendas en donde decenas de mujeres estaban revolviendo las mercancías ya no había ni un gato pelado…
¡París, tierra de contrastes!

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Paseando por el Distrito 14

Unas semanas atrás, mis complices de siempre me acompañaron para el juego de pista dedicado al distrito 14. Largas caminatas… Acabamos con la sensación que el recorrido evitaba metodicamente los detalles interesantes. Total mandé un mail a uno de los socios de ParisGreeter que tiene una web muy curiosa sobre París para que me enseñe su barrio.
Tardamos unos días para encontrar una fecha y el pasado jueves es cuando Marc me llevó a pasear.

Al principio sentí algo de inquietud porque el itinerario se parecía mucho al camino del juego de pista pero pronto nos extraviamos y así es como empezaron los descubrimientos.

Talleres de artistas al lado de la Carcel, edificio de Mallet-Stevens escondido en un patio, edificio de Roux-Spitz diseñado para un creador de lámparas, callejones con encanto, casa de Le Corbusier, otros talleres de artistas… Para quien aprecia la arquitectura de los años 1930, el recorrido no tenía desperdicio.

Al final fueron más de tres horas caminando y volví con una provisión de páginas por redactar…
Eso es lo bueno de París, siempre queda algo por descubrir.

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Una primera experiencia de guía

Despues de caminar con un parisino y de hacer un largo recorrido con el presidente de la asociación, me graduaron de guía y esta semana fue cuando hice mi primer experiencia.

Me acompañó una colega de oficina que necesitaba cambiarse las ideas y a las 13h45 fue cuando llegamos a la plaza Pigalle en donde había citado al grupo de cuatro canadienses que me tocaba llevar.

Para mi colega el hecho de quedar con gente desconocida era una gran novedad: escudriñaba a todas las personas que salían del metro y se puso tan inquieta que llegué a abordar a varias personas para preguntarles si eran canadienses. Pero si conseguimos varios intercambios divertidos, no encontramos a nuestros clientes.

Al final apareció un grupo de cuatro mujeres, rubias, en los cuarenta, e intuí enseguida que eran las personas que buscamos. Nos presentamos, cuadraba y pudimos empezar la visita del día.

Las doñas querían descubrir el barrio de Montmartre y como conozco casi todos sus rincones, ya había imaginado un recorrido para un par de horas.
Eso era sin contar con las paradas delante de los escaparates, la pausa en el café de Amélie Poulain, la estación en la pastelería de Arnaud Larher, …
Al final tardamos casi cuatro horas y las visitantes tuvieron que marcharse corriendo para no perderse la noche en el teatro.

Fue una linda tarde soleada, con bromas y risas, y si todos los grupos son así, con gusto repetiré.

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