La saga de las gafas

Me lo confirmó el médico: necesito gafas.
Entonces como no sé mucho sobre el tema, empecé una encuesta entre las personas de mi entorno y llegué a una constatación asombrosa: si el precio de los cristales varia mucho de una persona a otra, el coste de la montura es relativamente homogéneo y se situa entre 200 y 300 euros.

Con estas informaciones empecé a dar la vuelta a los ópticos.
El primero te propone dos monturas de marca por el precio de una.
El segundo te regala 40% de rebaja si solo escoges una montura.
El tercero, más barato que el primero, te propone una montura de marca y otra cualquiera.
El cuarto te anuncia un presupuesto de 423€ para unas gafas que consigues por 380 con una montura extra en otro sitio.
El quinto te mira de arriba cuando empiezas a negociar y te propone el modelo super sexy de la seguridad social.

Al final perdí la reserva.
Frente a una montura marcada 200€ pedí un presupuesto para hacerme un regalo. El dependiente empezó el calculo: rebaja de 40%, cristales anti-reflejos,… La cuenta llegaba a casi 250€ y no dejé el dependiente seguir por este camino: le expliqué tranquilamente que mi capricho no superaría los 150€. El hombre se puso de acuerdo con su colega y aceptó mi oferta.

Al final, conseguí tres gafas de estilo totalmente diferente y aunque la cuenta me salga más barata que mi encuesta inicial, llegué a la conclusión que todavía tengo un margen de progresión en el campo de la negociación comercial…

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Huelga con Velib

El jueves, como miles de parisinos, me preparaba a aprovechar cualquier artilugio para llegar a mi trabajo.
Por casualidad desperté tempranísimo y a las 6h30, estaba en la calle.
Por suerte quedaba una decena de bicis en la estación velib que está al pie de mi casa y pude estrenar mi nueva tarjeta de abonado.

Calles semi desiertas, carriles de bici casi continuos hasta mi destino… el caso se presentaba bastante bien. Desgraciadamente, por más que me esfuerce, no conseguí llegar dentro de la media hora gratuita. Entonces abandoné la bici al lado del Père Lachaise y seguí caminando.

Al llegar a la plaza de la Nación, encontré otra instalación de velib. Ya había cola en la estación para sacar el abono de un día… pero con mi tarjeta mágica pude tomar una bici en menos de diez segundos y seguir mi camino.

Al llegar a mi destino, encontré una estación rellena que no tenía ni un espacio libre para dejar mi bici. Por suerte, hay otra estación en el otro lado de la avenida y al ver la gente haciendo cola, pensé que allí encontraría una solución.
Llegué cuando una mujer se marchaba y pude abandonar mi montura.

A las 8h00, las radios anunciaban que ya no quedaba ni una bici en las estaciones velib mientras los automovilistas enfrentaban 165 km de atascos…

Jornada tranquila en el trabajo, con la mitad de la gente aprovechando día de permiso por las 35 horas. En medio día almorcé con colegas en una de las terrazas del barrio para disfrutar del sol y nos costó mucho volver a la oficina…

A la hora de volver a casa, cada uno se preparó a una nueva sesión de andanzas.
Yo tenía un entrenamiento deportivo así que aplacé la resolución del problema y cuando salí de mi club, solo pude reptar hacia la estación de taxi más cercana antes de hundirme en el asiento trasero mientras me llevaban a casa…

La única mala noticia del día es que ese jueves es cuando ocurrió la primer muerte de un usuario de velib, atropellado por un camión 🙁

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Huelga en perspectiva

El 18 de Octubre es cuando la mayoría de los sindicatos de las empresas de transporte apelan a la huelga para defender sus regimenes de pensiones «especiales».

Si Francia hubiera derrotado a Inglaterra ayer por la noche, habriamos podido esperar cierta moderación en la organización de esta huelga para no lastimar EL acontecimiento popular del momento.
Pero ayer se acabó la fiebre rugbística francesa y ahora toca enfrentarse de nuevo con las realidades sociales.

¡Se perfila un bonito desbarajuste!

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El Mundial de Rugby desde la ventana

Ayer a las 21 es cuando empezó el cuarto de final entre Francia y Nueva Zelanda.
Despues del tropiezo frente a los Pumas, Francia no tenía otra opción que derrotar a Nueva Zelanda, o sea sólo una proeza estadisticamente improbable…
No suelo unirme a los entusiasmos de temporada así que me preparaba a pasar una noche tranquila en casa. Sin embargo, antes de hundirme en la novela del día, controlé la marca en internet y constaté que la proeza seguía improbable.

Media hora despues, un tremendo clamor procediendo de la calle interrumpió mi sesión de lectura. Me asomé a la ventana y como no había ni un gato pelado fuera, supuse que algo pasaba en Cardiff e internet confirmó mi intuición: Francia había empatado.

Faltaba todavía casi media hora de juego así que volví a mi libro. Pero fui disturbada otra vez veinte minutos más tarde.
Otra vez gritos, agitación y al final bocinazos y el canto libertador : «On a gagné!»

No tengo televisión así que me conecté otra vez en internet para enterarme de los detalles. Se confirmó otra vez la pertinencia de la elección de la mascota de Francia:
El Gallo es el único animal capaz de seguir cantando cuando tiene los dos pies en la mierda…

¡A ver si se averigua frente a la Pérfida Albión!

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Choque cultural

Hoy caminé con una venezolana de paso por París. Andamos sin rumbo fijo, compartiendo comentarios sobre nuestras sociedades respectivas.

El choque empezó cuando evocamos los sueños ordinarios de la gente y mi acompañante destacó el anhelo de vacaciones que manifestaban sus huespedes.
Señalé que en Francia para muchas personas, no se puede considerar que pasaste buenas vacaciones si no vuelves bronceado.
Ella me enseñó que en su lejana tierra, consideran el bronceado como marca de pobreza.

Seguimos caminando y entre todas las fotos que sacó mi acompañante solo recuerdo una: se trataba de una tienda en donde broncear, señalada por el eslogan «¡Sonreíd, sois bronceados!».

La agradezco por revelarme un ejemplo extra de la tontería moderna.

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