Ayer desperté con la idea de probar este nuevo modo de desplazamiento parisino: el Velib.
El principio es muy sencillo: escoges una bici en una de las estaciones, la usas para un trayecto que tarda maximum media hora y la dejas en la estación más cercana.
Ayer pues bajé a la esquina de la calle en donde instalaron una de las estaciones. Compré un abono de un día que cuesta un euro y me apoderé de una bici: 21 kilos, tres velocidades y una cesta de metal colgando del manillar.
Aunque París cuente siete colinas, cualquier itinerario es relativamente llano. Así que la primera velocidad me dejó relativamente escéptica. Pero por lo demás la bici me pareció perfecta.
Por cierto no escogí el itinerario más directo para llegar a mi destino del día y entonces, pasados los primeros veinticinco minutos, surgió la delicada alternativa: aparcar la bici dentro del periodo gratis o llegar al destino final.
Escogí la primera posibilidad y aparqué en la primera estación accesible, resignada a seguir caminando.
Resulta que tuve suerte ya que llegué totalmente al azar a la estación más cercana de mi destino del día.
Media hora de compras y me puse a buscar otra estación y otra bici para volver a casa. Tocó una estación al lado de Madeleine y pude seguir mi camino.
Confieso que en la larga subida entre la plaza de la Trinidad y la plaza Pigalle, le encontré una tremenda utilidad a la primera velocidad…
Tardé menos de media hora y tan pronto como llegar a casa, rellené el formulario para pedir un abono de un año. Con 29 euros ya no perderé horas escogiendo sitios para aparcar mi bici con seguridad. ¡Genial!