Explorando las fronteras

Muchas personas consideran que el bulevar periférico coincide con el límite administrativo de París. En realidad, el territorio de la capital se extiende más allá de esta autopista circular e incluye algunas calles que la bordean por el exterior, así como los bosques de Vincennes y de Boulogne.

El otro día quise descubrir la parte “exterior” que se halla entre la puerta de Vitry y la puerta de Ivry, en el distrito XIII. El mapa señalaba sendas, pero no se veían bien en las fotos aéreas. Así que me marché temprano de mi instituto para explorar esta zona de día.

La primera cosa que me llamó la atención al pararme a la estación de tranvía “Maryse Bastié” fue el desnivel entre este punto y la estación siguiente. Por suerte no se trataba de seguir cuesta arriba y caminé rumbo al Sur para pasar por debajo de un puente del periférico y recorrer la calle frontera.

Esta calle se alejaba de París, pero pronto encontré un pasaje entre dos casas y lo seguí por si se trataba de la senda mencionada en el mapa. Tras un principio en zigzag, llegué a una zona más amplia, comunicando una serie de pequeñas casas, agarradas a la cuesta. Noté una larga escalera en obras, un cartel anunciando la restauración de las antiguas sendas, pero no encontré el pasaje para seguir cuesta arriba. Por suerte, la pequeña calle me llevó a una vía más importante y pude encontrar las salidas de las sendas cerradas.

Este conjunto de casas y parcelas se parece a los antiguos barrios obreros de las afueras de París y deberá su supervivencia al pendiente del terreno que complica la construcción de altos edificios…

Seguí caminando y pude encontrar el límite exterior del periférico y el puente de la puerta de Ivry.

En esta parte del distrito XIII, encontré una colección de viviendas sociales, así como un pequeño huerto compartido.

Curiosamente, en esta zona pegada al periférico, no se oía el zumbido del tráfico automóvil.

Desgraciadamente, ya había anochecido y no pude estudiar la arquitectura del edificio del cuartel de los bomberos. Tampoco pude admirar el taller de arquitectura escondido en el “Square Massena”

Total, seguí al norte a través del barrio chino…

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Volviendo

Aproveché los últimos días de vacaciones para contemplar la migración de las grullas, antes de migrar hacia el Norte con las gatas y una buena cantidad de vituallas.

Al llegar a París, siempre me asombra la agitación de la gran ciudad y necesito un momento para readaptarme. Por suerte, no tuve problemas con los transportes y pude viajar hacia mi casa sin dificultad.

Al volver a mi instituto de siempre, pronto constaté que ya empezó la temporada nocturna. Cuando me marcho de casa, todavía es de noche y si se alarga la jornada laboral, también vuelvo de noche. Si quiero vez la luz del día, algo tendré que inventar.

El miércoles, por la madrugada, había una cantidad impresionante de furgonetas de policía y varios autobuses esperando en el bulevar. Por la hora sospeché que estaban reuniéndose antes de detener a todos los migrantes acampando debajo de la línea de metro número 2.

El jueves, tuve que recorrer la calle de Clichy al atardecer y fue una buena sorpresa. Noté muchas tiendas en ambas aceras y varios sitios para tomar una copa al salir del trabajo. Más adelante la plaza de Clichy no parece tan acogedora, probablemente por el tráfico automóvil.

Ayer varias organizaciones feministas habían convocado una gran manifestación contra las violencias sexistas y sexuales, a partir de la plaza de la República. Si no vi el cortejo, por la cantidad de atascos que provocó la manifestación, pienso que fue un éxito.

Y para acabar con mi readaptación parisina, hoy pasé una gran parte del día visitando las tiendas del centro de París, descubriendo de paso un nuevo fresco cerca del centro Pompidou.

Continuará…

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Vacaciones

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¿Profecías auto cumplidas?

Al escuchar las noticias, uno descubre una colección impresionante de situaciones muy complicadas y los políticos galos repiten en cada momento que es preciso prepararse a las catástrofes por venir.

Ya notamos que los precios aumentaron más que los sueldos y sé que son cada día más numerosas  las familias que solicitan las asociaciones que proporcionan ayuda alimentaria. Pero el discurso de los periodistas y de los ministros se vuelve cada día más espantoso y produce esencialmente profecías auto cumplidas.

Ya provocaron una penuria duradera de mostaza. Ahora hablan de una penuria de arroz. Y lo mejor de todo es el asunto de la electricidad, demasiada cara para los unos e indisponible para los otros porque la producción gala sería insuficiente. En cuanto a la primera ministra, recomienda la sobriedad como solución para todos los problemas, con una calefacción limitada a 19 grados y cortes de electricidad si necesario.

Total, todos estamos esperando el frío con aprensión.

Algunos compraron radiadores para compensar los nuevos límites de las calefacciones colectivas (sin pensar que si no hay electricidad, no tendrán utilidad). Otros compran plumones y linternas…

En mi estimable instituto, anunciaron que estudiaban la posibilidad de cerrar las instalaciones mientras los empleados trabajan desde casa. También contemplaron la solución de proporcionar mantas y mitones a los frioleros. Todo eso va sin ton ni son.

Mientras tanto, los burgueses de SoPi (South Pigalle) siguen frecuentando los comercios de la calle de los martirios y los bares y restaurantes de la avenida Trudaine. Por cierto, algunos confiesan que “ya no tienen los medios de viajar lejos”, pero aun así, siguen teniendo una muy buena vida.

Son muchos los parisinos que aprovecharon las vacaciones escolares para escaparse de la Capital. Yo estuve de servicio mientras mis colegas se marchaban y eso no me dejó mucho tiempo para pasear.

Ahora toca pasar unos días en mi casa de campo.

¡Hasta pronto!

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Explorando el barrio chino

Este fin de semana tocaba descubrir la zona que se halla al sureste de la plaza de Italia, bautizada barrio chino porque cuenta con una proporción importante de personas procediendo de los países asiáticos.

Si ya pasé muchas veces al lado de esta zona, nunca me atreví a entrar en las tiendas o a visitar la zona comercial situada al pie de los rascacielos bautizados las Olimpiadas. Por suerte conocí a una caminante empedernida que adora este barrio y que aceptó enseñármelo.

Quedamos en la plaza de Italia y el recorrido pasó primero por el parque de Choisy. Allí los altos árboles y la amplia fuente regalan una muy agradable sensación de fresco. Los vecinos ya recogieron todas las avellanas y unas decenas de ancianos comparten una sesión de taichi.

Luego almorzamos en un restaurante asiático bueno y barato, antes de seguir rumbo a las Olimpiadas para tomar un café en una terraza soleada de su zona comercial. De día, el sitio me pareció muy agradable, pero mi guía me confirmó que de noche es otro cantar y que hay mucha inseguridad.

Después de esta corta etapa, subimos en la plataforma sur para contemplar el jardín compartido, totalmente insólito en este entorno de rascacielos, así como el espacio de las Olimpiadas.

Rumbo abajo, pude visitar el templo budista de la comunidad China y contemplar las 18 estatuas que adornan este espacio. Luego volvimos a la zona comercial central en donde el camino de los peatones discurre en zigzag entre las tiendas. Total, resulta muy complicado controlar su entorno por la cantidad de rincones tapados por los macizos vegetales. Además, varias tiendas parecen abandonadas y no hay mucha gente, lo cual refuerza la sensación de inseguridad.

Para tranquilizarme, mi guía me arrastró rumbo a la parte subterránea en donde se ven varias calles, aparcamientos y zonas de entrega. La pintura blanca de las paredes y roja de las puertas compensa la mala sensación de las basuras abandonadas. Y poco antes de volver al aire libre, pude visitar otro templo budista escondido en este mundo subterráneo.

La vuelta al aire libre fue un auténtico alivio y con gusto visité varias tiendas: una de estatuas y objetos de decoración, otra de vajilla, otra de utensilios de cocina. También entramos en el supermercado Tang en donde me impresionó la cantidad de productos que no conocía y el nivel muy bajo de los precios de los productos conocidos.

El paseo se acabó en una pastelería en donde pude probar un pastel de fruta de Durián, curioso tan de sabor como de perfume, pero interesante.

Y debo muchos agradecimientos a mi guía que me quitó una gran parte de las aprensiones que tenía al pasar por este barrio.

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