Idas y vueltas

Acabo de probar una primera semana con teletrabajo lejos de París. La verdad es que, mientras no hay huelga de trenes, esta organización resulta mucho más agradable. Mas metros cuadrados para instalar un despacho en casa, menos densidad de población, y la deliciosa sensación (imposible en París) del viento en la cara sin mascarilla 😊

Por cierto, es preciso estudiar los horarios de trenes para optimizar los desplazamientos, pero con un buen libro, las dos horas de tren pasan muy rápidamente.

Al llegar sobre las 21 a la estación de Bercy, no pude resistir a la tentación de recorrer París en la superficie y me regalé un trayecto de taxi.

A las 21, si se excepta a los repartidores, queda muy poca gente en la calle. El genio de la Bastille seguía bailando, solito, encima de su columna, y la República estaba descansando del alboroto diurno.

Tampoco noté mucho tráfico automóvil en los bulevares. La gente se acostumbró a quedarse en casa y los pocos que no respetan el toque de queda tiene que justificarlo en cualquier control.

Al día siguiente, viajé con mi autobús de siempre hacia mi instituto y, al atardecer, hice, andando, el largo camino para volver a casa, parándome de paso en algunas tiendas.

En las orillas del canal Saint-Martin, los únicos que siguen reuniéndose son los propietarios de perros, en la zona dedicada a sus mascotas. Apartando este punto, el canal me pareció totalmente dormido..

 

Mi segundo día de trabajo en París se pareció un poco a un torbellino. Y a la hora de marcharme para tomar el tren, tuve que recoger mis cosas en un plis-plas y, obviamente, olvidé un elemento importante.

Los siguientes días, trabajando desde el campo, me costó encontrar un ritmo para combinar las horas de trabajo, la caminata del día y las imprescindibles compras, dentro de los horarios impuesto por el toque de queda. Pero imagino que poco a poco encontraré una solución.

Mientras tanto, aprovecho una parte de mi tiempo libre para cuidar mi pequeño jardín…

¡Hasta pronto!

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¡Vivimos tiempos muy raros!

En marzo del 2020, con tan solo una centena de decesos, el gobierno impuso un confinamiento generalizado durante dos meses. Al final de este periodo, la pandemia parecía vencida y Francia contaba unos 30000 muertos.

Pasaron junio, las vacaciones, la vuelta al trabajo…

A finales de octubre, contábamos 32000 muertos cuando decretaron un confinamiento más lleve que el de marzo, pero con desplazamientos muy reducidos. Añadieron toque de queda a las 20 antes de dejar que la gente pueda celebrar Nochebuena con su familia.

Ahora seguimos con toque de queda a las 18 y hoy Francia cuenta más de 84000 muertos. Si calculo bien, eso significa que desde principio de noviembre hasta ahora, el ritmo de los decesos se parece al de la pasada primavera.

Pero la economía no puede aguantar un nuevo confinamiento… Entonces imponen medidas más o menos pertinentes para limitar la amplitud de esta nueva sesión de pandemia, con la idea que dentro de poco, las vacunas nos salvarán.

En mi instituto de siempre, tuvimos que adaptar nuestra organización para que todas las personas que lo pueden dediquen dos días al teletrabajo.

Mi primer día de teletrabajo me dio la posibilidad de estar al lado de mi gatita vieja que no se sentía bien. En medio día se fue al paraíso de los gatos después de 17 años de amor. Al anochecer, le dediqué un gran recorrido de duelo por la orilla del canal Saint-Martin.

Mi segundo día de teletrabajo también se acabó por un largo recorrido que pasó al pie del Sagrado Corazón sobre las 19.

Pero temo que estos escasos momentos de paseo se vuelvan poco a poco imposibles.

Dentro de poco en mi instituto, no tendremos otra opción que dedicar cinco días al teletrabajo, lo cual limitará considerablemente las posibilidades de desplazamiento.

Vivir en París encerrados, sin tener la posibilidad de disfrutar la belleza de esta ciudad, no tiene mucho sentido.

Así que instalaré temporalmente mi campo base en mi pequeño pueblo de Borgoña y volveré unos días cada semana mientras queda posible.

¡Hasta pronto!

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¡Vaya semana!

Bastó comentar el problema de traslado del oso con algunos colegas para que aparezca una solución muy cómoda: uno de los choferes del instituto vive muy cerca de mi casa, así que volvió a casa con un coche del instituto el lunes por la noche y el martes a las siete de la mañana, pasó por mi casa para llevarnos el oso y yo hacia el instituto.

Llevaba siglos sin pasar por el periférico de noche y me encantó el espectáculo de todos estos edificios iluminados. Llegamos en media horita y el oso fue instalado en mi despacho.

No pude asistir a la entrega de este impresionante regalo, pero me contaron que fue realmente apreciado 😊

Al día siguiente despertamos con nieve y tuve que renunciar a mi autobús de siempre para viajar en metro. Al atardecer, una parte de la nieve se había transformado en hielo. Intenté volver caminando, pero no tenía bastante energía para hacerlo en esas condiciones.

A partir del jueves, seguimos con frio y sol, o sea un tiempo ideal para pasear.

Yo pasé por varias calles del distrito XVII y constaté que, en algunos lugares, todavía había una capa de nieve en el suelo.

También pasé por una calle de la felicidad con cierta curiosidad. Pero en este lugar, la única fuente evidente de felicidad es la tienda de un chocolatero y, desgraciadamente, estaba cerrada.

Hoy hice un largo recorrido para ver el Sena y caminar por su orilla. Ya sabía que teníamos una crecida del río, pero quería mirar su amplitud.

Hoy, la parte rio abajo de la isla de la Cité permanecía inundada y en la orilla derecha, una parte importante de los muelles quedaba inaccesible. Debajo del puente de Alma, el agua llegaba a los pies de la estatua del “Zuavo”. Pero parece que la crecida alcanzó su máximum esta semana, y hoy las aguas ya habían bajado de un metro.

En la orilla del Sena, se veía una cantidad impresionante de personas, paseando y parándose de vez en cuando para evaluar la amplitud de los últimos caprichos del río.

Y como hoy es el día de San Valentín, tuve ganas de enseñaros el magnífico escaparate que instaló el florista de la esquina.

¡Hasta pronto!

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Un inmenso cansancio…

Todos sentimos alivio cuando supimos que no habría confinamiento de momento. Pero eso no compensa la melancolía que provoca esta distanciación social recomendada en cada esquina y que impide visitar a los abuelos o compartir momentos con los amigos.

En mi entorno profesional, relativamente protegido, varios colegas viven muy mal este toque de queda que casi no deja tiempo para comprar tres tonterías al salir de la oficina. Son muchos los que no pudieron aprovechar las vacaciones de Navidad y las perspectivas de las próximas semanas no permiten hacer muchos proyectos estimulantes. En este contexto, cualquier problema toma proporciones exageradas, simplemente porque no pudiste comentarlo con algún amigo…

Yo sentí un inmenso cansancio que me llevó a renunciar durante varios días a las largas caminatas que tanto me gustan. Me quedé en casa con mi equipo de teletrabajo y la prueba de Covid que hice en la farmacia de la esquina resultó negativa.

El único tema que me levantó la moral fue la preparación de un regalo para una colega que se marcha de nuestro estimable instituto. Compré un oso de peluche de gran tamaño (1m80) y pasé un momento divertidísimo en el almacén de juguetes. Ahora tengo que encontrar una solución para trasladarlo desde mi casa a la oficina…

¡Hasta pronto!

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Un suspenso insoportable

Ya se acabó esta segunda semana con toque de queda a las 18.

Si yo formo parte de los que siguen caminando más allá de este límite, también empiezo a tener varios problemas irritantes de logística. Si aparto las farmacias, todas las tiendas cierran a las 18, así que comprar algo de comer resulta casi imposible.

Por suerte tengo existencias para las gatas y yo sobrevivo muy bien con pastas y arroz.

Pero lo peor de la semana fue la incertidumbre acerca de las decisiones del gobierno: ¿Confinar o no? ¿Cómo en martes o más leve? ¿Cerrando las escuelas o no?

El viernes, yo olvidé intencionalmente mi equipo de teletrabajo en la oficina, para tener la posibilidad de hacer un recorrido extra, el lunes, si tocaba un confinamiento estricto.

Finalmente, el primer ministro anunció algunas restricciones de viajes y el cierre de los espacios comerciales no alimentarios que tienen una superficie superior a 20000 metros cuadrados.

¡Por fin se enteraron de que, si no puedes socializar en los bares o las salas de espectáculos, los centros comerciales constituyen una alternativa tentadora! Entonces, los pequeños comercios pueden seguir abiertos mientras las grandes estructuras permanecen cerradas.

Esto fue la decisión del viernes, pero todos estamos esperando la siguiente decisión. Y mientras tanto, la gente sigue haciendo compras, paseando o quedando con los vecinos en la acera del bar de siempre…

Yo dediqué el fin de semana a descansar y resolver los problemas de abastecimiento.

Esta mañana, frente a la puerta de un bar de una de las esquinas de Montmartre, un hombre, decepcionado, contemplaba los horarios.

No sé porque me llamó la atención: “¡Mira! El cartel dice que abre todos los días a partir de las siete de la mañana. Y ya son las once y permanece cerrado. Y eso que necesito urgentemente un café.”

Ante una desdicha tan evidente, rebusqué en mi reserva de empatía para preguntarle amablemente: “¿Usted no puede prepararse un café en casa?”

Entonces el hombre soltó una descripción más precisa de su desdicha: “Tengo cuarenta años, soy profesor y vivo en dieciséis metros cuadrados, necesito salir de casa y ver gente”.

Yo estaba haciendo las compras y no tenía tiempo para hacerle compañía, así que le regalé una broma y seguí mi camino.

Cuando pasé de nuevo por este lugar, el café ya estaba abierto, pero no vi al desdichado. Y cuando pasé de nuevo por esta esquina al atardecer, había bastante gente en la acera para hacerle compañía…

Yo volví a mi refugio, con mis gatas y mis libros…

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