Un ritmo casi normal

Se nota que se acabaron las vacaciones de los parisinos. Por la mañana, aunque viaje por el primer autobús de la línea, ya se ve mucho tráfico automóvil. Y al atardecer, hay gente por todas partes.

En la larga calle Saint-Maur, las numerosas terrazas acogen de nuevo a sus feligreses, sin mascarillas y sin espacio entre las personas, pero controlando (teóricamente) los certificados COVID…

Yo pasé un momento muy agradable en una terraza tranquila a unas cuadras de la entrada del cementerio del Père Lachaise. Vida de barrio, en una zona que empezó a atraer turistas cuando inauguraron el “taller de las luces”, en un antiguo sitio industrial.

Encontré la misma profusión de terrazas en las calles de la colina de Montmartre y en casi todos los barrios que visité: los parisinos necesitan aprovechar los últimos días del verano para lagartear y cargar las pilas.

Yo hice varios recorridos, a veces con lluvia, incluso en las afueras de la capital en donde descubrí algunas colecciones impresionantes de enanos de jardín, así como una suntuosa rosaleda en donde noté algunas variedades muy bonitas.

Pero la actividad más parisina de la semana ocurrió esta mañana, cuando pasé por la plaza de las abadesas en donde habían organizado uno de estos mercados de segunda mano que tanto aprecio.

Entre muchos otros objetos noté un biombo de cuatro paneles y el precio que me anunciaron parecía razonable. Evidentemente intenté regatear, pero la dueña no quiso bajar su precio y lo acepté cuanto más fácilmente que no era exagerado. A lo largo del kilómetro y medio del camino de vuelta, pude apreciar el peso del objeto. En cuanto a las gatas, ambas examinaron el objeto y aprobaron mi adquisición.

¡Hasta pronto!

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¡Ya volví!

Después de varios meses de idas y vueltas entre París y un pequeño pueblo de Borgoña, ya llegó la hora de volver a la Ciudad de las luces con las gatas, mis computadoras y todo mi equipaje.

Deshacer las maletas y guardar las cosas, controlar que las gatas aguantaban su nueva casa y salir para arreglar el tema de las compras… Este primer día me pareció muy corto.

Luego dediqué dos días a teletrabajar desde casa. Como lo imaginaba, las gatas añoran el jardín, pero parecen interesadas por las plantas del balcón e imagino que dentro de poco tendrán un ritmo parisino perfecto.

También aproveché estos días para caminar por el barrio, escudriñar los cambios, probar una terraza del distrito XVII con un vecino, almorzar con una amiga en una terraza de la calle Clignancourt y saborear un pastel de Arnaud Larher.

Y para alcanzar mi cuota diaria de kilómetros, hice un largo recorrido para encontrar zapatos de exploración urbana. Desgraciadamente, de momento no llegó el modelo que deseaba.

Luego consideré que se acababa la fase de readaptación de las gatas y volví a mi instituto de siempre.

Con gusto volví a encontrar de carne y hueso a mis colegas de siempre. Creo que no tuvimos una productividad estupenda, pero necesitamos estos momentos de reencuentro.

Al atardecer hice volví caminando por la calle de los Pirineos y constaté que ya recuperó su vidilla de siempre a pesar de los cierres de algunas tiendas.

Al día siguiente, mi camino de vuelta pasó por el centro Pompidou en donde los bomberos estaban entrenándose, bajando desde la última planta con una cuerda, bajo las miradas inquietas de los transeúntes.

Y este fin de semana, hice un largo recorrido alrededor de la colina de Montmartre. Con gusto constaté que había un ambiente festivo al pie del Sagrado Corazón, con gente por todas partes… No sé cuanto tiempo seguiremos con esta suave euforia, pero de momento nos viene bien.

¡Hasta pronto!

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Huele a fin de vacaciones…

Mañana volveré a la ciudad de las luces, esperando que no nos toque otra sesión de confinamiento…

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Última semana “parisina”

Ya entramos en la semana más tranquila del verano: poca gente en los transportes, poca gente en la oficina y, como no son muchos los turistas por la situación sanitaria, poca gente en la calle.

Eso me pareció muy evidente, al pasar al lado del jardín de la Folie Titon: normalmente entresemanas al atardecer, hay un montón de niños jugando en el césped central, pero cuando pasé por allí solo quedaban algunos ancianos aplastados por el calor del día.

Más adelante constaté la misma tranquilidad en la tienda de bellas artes que visité, pocos clientes y dos cajeros aburridos contemplando el reloj.

Al día siguiente quise invitar a la doña de la quinta planta a pasar un rato en un espacio bautizado “Wonderland” e instalado en un antiguo espacio ferroviario. Desgraciadamente los dueños de este sitio consideraron que necesitaban vacaciones y se marcharon quince días…

Total, paseamos por el distrito XX y así llegamos a la plaza de la Reunión en donde encontramos una mesa para cenar en la terraza.

Pocos coches pasan por la plaza y en la terraza, poblada mayoritariamente de treintañeros, el ambiente es muy agradable.

Y para bien aprovechar mis últimas horas en París antes de marcharme de vacaciones, visité la heladería de Raimo con una amiga y probamos una cantidad impresionante de sabores.

Ahora toca disfrutar dos semanas de vacaciones para cargar las pilas jugando con las gatas y corriendo por los caminos.

¡Hasta pronto!

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Un verano tristón

El pasado martes, quería llegar a mi oficina a las siete de la mañana. Este horario no cuadraba con los de mi autobús de siempre así que la única opción era viajar en metro.

En las estaciones y los trenes, los viajeros de la madrugada son mayoritariamente trabajadores desdichados que cumulan empleos duros y salarios bajos. Total, no constituyen una población interesante para los que piden limosna y generalmente nadie te molesta. Pero muchas estructuras de ayuda dejan de funcionar durante las vacaciones y ese día viajamos con una señora que solicitaba a cada persona individualmente, sin éxito.

Al atardecer me marché volando de mi oficina para pasar por una antigua espejería que aprecio, antes de hacer un largo recorrido por la vertiente norte de la colina de Montmartre.

Si las terrazas de café siguen muy concurridas, algunas tiendas cambiaron de actividad mientras otras cerraron por vacaciones, lo cual resultó perfecto para mi presupuesto.

Al día siguiente hice un largo recorrido por el distrito XII.

En la calle Montgallet, casi todas las tiendas de informática estaban cerradas por vacaciones. En la calle Crozatier, ubiqué la clínica veterinaria adonde tendré que llevar las gatitas cuando vuelvan a París. Luego seguí rumbo a Bastille antes de perderme por la calle de la Roquette y sus numerosas tiendas.

Luego pasé la noche en la terraza de la vecina de la quinta planta, aguantando tres gotas de llovizna para quedarme un poco más en su estupendo jardín.

No tenemos un tiempo de verano y eso influye sobre la moral de los parisinos, que ya llevan varios meses con restricciones de todas clases, tienen ansias de luz y de sol y no encuentran destinos turísticos seguros para viajar en tiempos de pandemia.

Este año, lo único bueno del verano es la abundancia de los jardines…

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