Canícula

París ya lleva varios días con temperaturas espantosas.

El año pasado, ya tuvimos una semana de este tipo y mantener mi piso a una temperatura soportable fue bastante complicado.

Este año la canícula me pilló en mi casa de Borgoña y si las temperaturas también son espantosas, no es tan complicado encontrar un lugar fresquito, y más aún cuando tienes bodega de viticultor en la casa.

Yo pasaré varias semanas lejos de París, reformando mi casa y cuidando mi pequeño jardín, con la idea de borrar el estrés del confinamiento y de cargar las pilas para enfrentar tranquilamente los próximos desórdenes parisinos.

¡Y a la nueva gatita, le parece perfecto!

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Tolbiac…

Últimamente, una de mis amigas mencionó una obra de Léo Malet titulada “Niebla en el puente de Tolbiac”. Eso me dio ganas de recorrer la larga calle de Tolbiac que camina desde el Sena hasta el parque de Montsouris y aproveché un domingo soleado para hacerlo.

Mi recorrido empezó en el parque de Bercy, cuyos altos árboles regalan una sombra muy agradable cuando hace calor. En medio el parque, la calle Joseph Kessel me llevó al puente de Tolbiac, que ya no tiene la apariencia dibujada por Tardi, pero en donde pude admirar la gran biblioteca y el Batofar.

Al llegar a la orilla izquierda, la calle nueva de Tolbiac camina entre las construcciones nuevas de del barrio de la biblioteca y los “frigos”, antigua instalación frigorífica que ahora alberga talleres de artistas.

La avenida de Francia es el eje principal de este barrio que se estira entre el Sena y las vías de la estación de Austerlitz. Es una ancha avenida que comunica edificios altos y una red cuadriculada de calles, y permite observar los últimos delirios de los arquitectos que dibujaron los edificios que se hallan al lado del bulevar periférico.

Esta parte de París albergaba talleres y fábricas. Estas actividades fueron trasladadas a las afueras y a partir de los años 1990 transformaron la zona en una mezcla curiosa de actividades terciarias y de viviendas, con un toque aséptico que no me gusta mucho.

Después del cruce con la avenida de Francia, la calle de Tolbiac pasa encima de las vías de ferrocarriles y de la vieja calle Chevaleret. En esta parte, acaban de derribar los últimos talleres para construir otros edificios altos. Más adelante, encontramos un trozo más clásico con árboles, inmuebles más pequeños y comercios en la planta baja.

El choque ocurre al llegar a la estación de metro Olympiades en donde aparecen las primeras torres del distrito XIII y, a continuación, los primeros comercios “chinos”.

A partir de la avenida de Italia, la calle tiene de nuevo un toque más clásico y bordea la parte sur de la colina de la “Butte-aux-cailles” antes de acabarse en el límite del distrito XIV.

A lo largo de este recorrido me asombró la frecuencia de los autobuses, pero cuando miras bien, no son muchas las estaciones de metro y todas te llevan hacia el centro de París…

Antes de volver a casa seguí por la calle de la “Santé”, calle frontera entre dos distritos y que comunica dos hospitales y una cárcel. En el bulevar Arago, todavía se ve un antiguo modelo de urinario público. Antaño tenía el color verde de los edículos pero últimamente le regalaron una pintura dorada.

¡Me hizo reír!

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¿Adónde ir?

Se acerca el mes de agosto y las ansias de vacaciones…

Muchos parisinos aplazaron la elección de su lugar de veraneo. A lo largo de estas semanas de incertidumbre, no se sabía cuándo uno podría marcharse de París. Yo lo experimenté con la gatita: la reservé sin saber cuándo podría recogerla, pero tuve mucha suerte. En este contexto, al reservar un destino y pagar el depósito, uno corría el riesgo de perder una parte de esta cantidad y son muchos los que prefirieron esperar.

A la hora de elegir un destino, sobra decir que el tema del dinero no es secundario. Para los que no pudieron trabajar durante el confinamiento, las medidas sociales no compensaron totalmente la pérdida de ingresos y ahora se trata de recuperar. Hay por lo menos una persona en este caso entre mis conocidos y para él, el verano será parisino y aceptando todas las ofertas profesionales que ocurran.

Para los que consiguieron ahorrar dinero para marcharse, los destinos lejanos parecen un poco inseguros. Y el gobierno galo acabó recomendando hacer vacaciones en el territorio francés.

Entre mis conocidos, varias personas aprovecharon las relaciones familiares o amistosas para invadir lugares en donde se puede disfrutar del verano. Pero ahora la situación se vuelve más complicada aún porque anunciaron que los casos de coronavirus aumentaron en algunas regiones como consecuencia de las reuniones familiares. Total, para no contaminar a la abuela, ya no se puede invadir su casa.

Entonces ya no quedan otras opciones que gastar mucho dinero, alquilar una casa rural perdida en los montes o quedarse en París.

Para los que no se marchan, el municipio hizo muchos esfuerzos. Mantuvieron las instalaciones de París playa con un programa bautizado “un verano especial” que integra precauciones sanitarias y pruebas gratis para detectar el coronavirus. 

En mi barrio, una asociación está transformando una calle peatonal en calle jardín con actividades y juegos para los niños. Para todos los que no podrán marcharse de París, es un “nuevo lugar” de encuentro con los amigos.

También organizaron un “banquete de la cultura” en una de las calles que bordean la manzana en donde vivo. Allí tenemos un teatro, una sala de ensayo para comedia en vivo y un café en donde organizan conciertos de vez en cuando.

Cerraron la calle para impedir el tráfico automóvil, instalaron una escena, mesas y sillas y así fue como empezó la velada.

Sesiones de comedia en vivo, dúo de violonchelos, grupo de jazz, artista callejero pintando en la pared, dos bares para las bebidas y comida regalada por la asociación “Quartier Libre”. Había muy buen rollo y un bonito pensamiento:

“El mundo nunca morirá por la falta de maravillas sino por la falta de gente que se maravilla.”

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Una vida casi normal

Después de estos días lejos de la capital, tuve una semana parisina muy corta, pero bastante intensa, con largas jornadas laborales.

En la peluquería, la dueña me explicó que dedicaba mucho tiempo a desinfectarlo todo entre dos clientes y que entonces no podía atender a tantas personas como siempre. Además, estaba harta de trabajar con la máscara. Y como llevó dos meses sin trabajar, tampoco tiene dinero para marcharse de vacaciones.

El kinesioterapeuta parecía más tranquilo. Renunció a trabajar durante el confinamiento porque el riesgo le parecía excesivo y aprovechó estos meses para mirar series danesas, leer unos libros, cocinar y pasear en bici. Su madre padece demencia senil y vive en una residencia especializada en donde no tuvieron ni un caso de coronavirus. Así que tendrá que seguir manteniéndola unos meses extras…

El miércoles, también empezaban las rebajas del verano. Yo no tenía ganas de ir de tiendas al salir de la oficina, así que aplacé la visita al sábado. Y como no sabía si estas ventas atraerían a muchos clientes, preferí empezar mi recorrido por la mañana.

Ya en el metro, me di cuenta de que llevaba muchos meses sin cruzar el Sena para visitar la calle de Rennes y su colección de tiendas. Y nada más llegar, constaté que, si algunos comercios cerraron, todavía quedan muchas tiendas abiertas y más terrazas de cafés.

Yo tenía una idea precisa de las tiendas que quería visitar, pero acabé con el presupuesto en la primera que visité y tras pasar por un segundo comercio, preferí seguir caminando rumbo al Norte.

Si había pocas personas en las tiendas de la calle de Rennes, en Saint-Germain des Prés, las terrazas de los restaurantes estaban a tope de clientes. Más adelante, las tiendas de la calle Bonaparte seguían esperando a sus clientes. Yo miré de paso los escaparates de las galerías de arte antes de cruzar el Sena por el puente del Carroussel.

En la zona del Louvre, se notaba la vuelta de los turistas. Vi pasar varios autobuses de dos pisos y en el jardín de las Tuileries, ya instalaron varias atracciones de feria.  Cerca del Palacio Real, en la plaza Colette, un grupo de músicos tocaba temas clásicos. Más adentro, las columnas de Buren volvieron a servir de zócalo para sacarse una foto.

En los jardines, pocas personas enfrentaban el sol de medio día y no quedaban bancos libres en la sombra de las alamedas.

Preferí seguir rumbo a la calle del Louvre por donde pasa un autobús que me deja muy cerca de mi casa, y pasar el resto del día jugando con la gatita.

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Paréntesis veraniego

Ya son tres semanas alternando días de teletrabajo con días en el instituto y creo que seguiré con la segunda opción ya que en este caso puedes recuperar las horas extras…

Esta semana quise repetir el paseo que hacía al amanecer cuando estábamos confinados. Ahora es de día y cuando llegas delante del Sagrado Corazón, se ve gente de todas partes… Pero el paisaje sigue precioso.

Esta semana, también hice varias caminatas para volver del trabajo, entre las cuales un recorrido que me dio la oportunidad de atravesar el parque des Buttes-Chaumont. Todavía son muchos los parisinos que no encontraron dinero o soluciones para marcharse de la ciudad y, mientras tanto, se instalan en los céspedes de los parques parisinos para disfrutar del sol veraniego.

Yo ya conozco mi destino, pero como varias personas ya se marcharon, me tocará esperar agosto. De momento, aproveché el puente de la fiesta nacional para salir otra vez de la gran ciudad.

En los metros como en los trenes, ya no hay asientos prohibidos y la única regla que sigue vigente es llevar una máscara. No sé si eso será suficiente, pero algo es algo…

Y mientras la nueva gata descubre los encantos de un jardín, intento cargar las pilas para las semanas que vienen.

¡Hasta pronto!

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