Sin bares, con libros…

Esta nueva semana empezó con lluvia y el anuncio de las nuevas medidas del gobierno francés. El lunes en medio día, promulgaron nuevas restricciones como imponer que cada cliente de los supermercados disponga de cuatro metros cuadrados (por supuesto no enunciaron esta exigencia para los transportes públicos parisinos…). Pero la medida más emblemática fue el cierre completo de los bares durante dos semanas.

Total, el lunes al atardecer, todos los bares que se hallan en mi camino estaban a tope de clientes, disfrutando los últimos momentos de apertura.

Por suerte, todos los restaurantes dotados de un protocolo anti-covid permanecieron abiertos, y con una estupenda capacidad de adaptación, la gente se instaló en las terrazas de los restaurantes para tomar un aperitivo antes de (no) comer…

El miércoles al atardecer, aproveché un bonito sol otoñal para atravesar el cementerio del Père Lachaise en el largo camino que me lleva a casa. Para quien tiene ansias de tranquilidad y de naturaleza, este espacio es una bendición: poca gente y grandes árboles con el canto de los pájaros, te quita enseguida todo el estrés de la gran ciudad.

El maldito virus se acercó a mi universo el jueves, cuando una colega con quien suelo compartir el café me anunció que se quedaba en casa, teletrabajando por ser caso-contacto de un caso sospechoso. El caso sospechoso fue confirmado el viernes y mi colega tendrá que quedarse en casa siete días.

Yo me siento bien, pero a la hora de viajar hacia una provincia “olvidada” por el virus, me molestaría transportarlo allí como portador asintomático. Total, renuncié a viajar este fin de semana, y tendré que hacer una prueba antes de moverme.

El viernes al atardecer, poco después de enterarme de esta mala noticia, quise pasar por el jardín que bordea el límite Norte del cementerio. Seguí el camino superior, muy cerca del muro del cementerio, y si pude admirar varios árboles y apreciar el canto de los pájaros, sé que tengo que volver para explorar los otros caminos de este lugar.

Este fin de semana, la asociación de artistas de mi barrio organizaba puertas abiertas en varios sitios, para presentar obras de todas clases. Empecé el recorrido en un local asociativo de la calle de Chartres en donde me impresionaron algunas esculturas realizadas en huesos de sepia.

En la iglesia Saint Bernard, los evangelistas ya estaban tocando música y cantando, ensordeciendo a los artistas instalados en las capillas y a sus visitantes. En la calle Marcadet, descubrí un bonito local resultando de la transformación de una tienda en vivienda y algunas obras desiguales. Había globalmente menos artistas que en otras ediciones, menos visitantes y probablemente menos ventas.

Para bien acabar con este domingo, pasé por la nueva librería que se instaló a tres cuadras de mi casa. Descubrí un sitio muy agradable, con evaluaciones de los libros y librer@s muy amables y volví con una buena cosecha.

Continuará…

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