Un suspenso insoportable

Ya se acabó esta segunda semana con toque de queda a las 18.

Si yo formo parte de los que siguen caminando más allá de este límite, también empiezo a tener varios problemas irritantes de logística. Si aparto las farmacias, todas las tiendas cierran a las 18, así que comprar algo de comer resulta casi imposible.

Por suerte tengo existencias para las gatas y yo sobrevivo muy bien con pastas y arroz.

Pero lo peor de la semana fue la incertidumbre acerca de las decisiones del gobierno: ¿Confinar o no? ¿Cómo en martes o más leve? ¿Cerrando las escuelas o no?

El viernes, yo olvidé intencionalmente mi equipo de teletrabajo en la oficina, para tener la posibilidad de hacer un recorrido extra, el lunes, si tocaba un confinamiento estricto.

Finalmente, el primer ministro anunció algunas restricciones de viajes y el cierre de los espacios comerciales no alimentarios que tienen una superficie superior a 20000 metros cuadrados.

¡Por fin se enteraron de que, si no puedes socializar en los bares o las salas de espectáculos, los centros comerciales constituyen una alternativa tentadora! Entonces, los pequeños comercios pueden seguir abiertos mientras las grandes estructuras permanecen cerradas.

Esto fue la decisión del viernes, pero todos estamos esperando la siguiente decisión. Y mientras tanto, la gente sigue haciendo compras, paseando o quedando con los vecinos en la acera del bar de siempre…

Yo dediqué el fin de semana a descansar y resolver los problemas de abastecimiento.

Esta mañana, frente a la puerta de un bar de una de las esquinas de Montmartre, un hombre, decepcionado, contemplaba los horarios.

No sé porque me llamó la atención: “¡Mira! El cartel dice que abre todos los días a partir de las siete de la mañana. Y ya son las once y permanece cerrado. Y eso que necesito urgentemente un café.”

Ante una desdicha tan evidente, rebusqué en mi reserva de empatía para preguntarle amablemente: “¿Usted no puede prepararse un café en casa?”

Entonces el hombre soltó una descripción más precisa de su desdicha: “Tengo cuarenta años, soy profesor y vivo en dieciséis metros cuadrados, necesito salir de casa y ver gente”.

Yo estaba haciendo las compras y no tenía tiempo para hacerle compañía, así que le regalé una broma y seguí mi camino.

Cuando pasé de nuevo por este lugar, el café ya estaba abierto, pero no vi al desdichado. Y cuando pasé de nuevo por esta esquina al atardecer, había bastante gente en la acera para hacerle compañía…

Yo volví a mi refugio, con mis gatas y mis libros…

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