Mientras las gatas recuperaban de sus proezas cazando las mariposas, aproveché las vacaciones para ponerme al día mirando la televisión y me interesó particularmente un programa dedicado al Síndrome de París.
Según el reportaje, se trata de una forma de depresión, a veces bastante grave, que ocurre exclusivamente entre los japoneses que pasan una temporada en París.
Se explicaría por el choque experimentado al constatar el desfase entre el París Glamour de los cuentos y la realidad cotidiana de la capital y concerniría una centena de personas cada año.
Al descubrir este síndrome, prescindiendo de lado el auténtico sufrimiento de las víctimas, uno vacila entre risa e incredulidad.
Risa porque todos los hechos presentados como inaguantables resultan tremendamente anódinos.
El camarero que NO te mira en el café, la dependiente que NO te atiende, … eso forma parte del cotidiano de cualquier parisino.
Incredulidad porque resulta difícil imaginar que uno crea a pies juntillas que París se parece a la película de Amelie Poulain.
Pero al pensarlo un poco más surge cierta perplejidad.
Yo todavía recuerdo lo que me contó una conocida de su estancia en Japón y si superó la prueba, son muchos los detalles cotidianos que la dejaron flipada.
Todo eso me anima a seguir hablando también de la parte oscura de la Ciudad de las Luces…
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