El síndrome de París

Mientras las gatas recuperaban de sus proezas cazando las mariposas, aproveché las vacaciones para ponerme al día mirando la televisión y me interesó particularmente un programa dedicado al Síndrome de París.

Según el reportaje, se trata de una forma de depresión, a veces bastante grave, que ocurre exclusivamente entre los japoneses que pasan una temporada en París.
Se explicaría por el choque experimentado al constatar el desfase entre el París Glamour de los cuentos y la realidad cotidiana de la capital y concerniría una centena de personas cada año.

Al descubrir este síndrome, prescindiendo de lado el auténtico sufrimiento de las víctimas, uno vacila entre risa e incredulidad.

Risa porque todos los hechos presentados como inaguantables resultan tremendamente anódinos.
El camarero que NO te mira en el café, la dependiente que NO te atiende, … eso forma parte del cotidiano de cualquier parisino.
Incredulidad porque resulta difícil imaginar que uno crea a pies juntillas que París se parece a la película de Amelie Poulain.

Pero al pensarlo un poco más surge cierta perplejidad.
Yo todavía recuerdo lo que me contó una conocida de su estancia en Japón y si superó la prueba, son muchos los detalles cotidianos que la dejaron flipada.

Todo eso me anima a seguir hablando también de la parte oscura de la Ciudad de las Luces…

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Las vacaciones de las gatas

Hoy toca marcharse otra vez de la Ciudad de las Luces para llevar las gatas de vacaciones.
Encontré una casa rural chiquitina pero con un gran jardín, sin perros y apartado de las carreteras, y allí pasaremos dos semanas.

Mis gatas son ciudadanas asi que las musarañas no corren peligro. En cuanto a los lagartos son demasiados rápidos para que las doñas puedan competir. Pero siempre quedan las mariposas y los saltamontes.
Ya las imagino corriendo y saltando por todas partes y sé que lo pasarán de maravilla.

Yo aprovecharé esos días para alargar la tranquilidad veraniega mientras los parisinos superan el estrés de septiembre y vuelven a un ritmo normal.

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Huele a setiembre

Pasamos la semana esperando esta lluvia anunciada por los boletines de la meteo.
Cielo nublado, sol discreto, la lluvia apareció el viernes y entristeció este fín de semana que coincide para muchos con el fín de las vacaciones.

Ya desmontaron las instalaciones que transforman las orillas del Sena en playa, ya devolvieron este espacio al tráfico automóvil.
Mi autobus necesita más tiempo para llevarme a mi destino y parece cada día más lleno.
El panadero ha vuelto, la frutera vuelve el próximo miércoles…
Hoy se acaban los juegos olímpicos y dentro de unos días volveremos a asuntos más cotidianos.

¡Todo eso huele a setiembre!

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¡Día festivo!

Esta semana tocaba aprovechar el viernes festivo y el largo fín de semana a continuación para cumplir mi buena intención número 16: repintar mi habitación.

Quise hacer las cosas con método y el jueves, al salir de la oficina, me paré en un gran almacén de bricolage para comprar por lo menos lo necesario para toldar el suelo y lavar las paredes.
En el almacén el dependiente presente atendía a una de estas clientes pesadas que no recuerdan lo que buscan pero saben que no es lo que propones. El dependiente tenía aguante y la mujer renunció con un soberano «volveré mañana».
Señalé por casualidad que el día siguiente era festivo pero la mujer, tan soberanamente, me contestó que la tienda estaría abierta.

Seguí recogiendo lo que necesitaba y mientras esperaba para pagar empecé a charlar con la cajera. Me confirmó que la tienda estaría abierta pero también me explicó que cuando los dependientes trabajan un día festivo, tienen paga doble o dos días de recuperación.
El trato me pareció correcto y renuncié temporalmente a maldecir los excesos del consumismo.

El viernes, festivo, a duras penas conseguí preparar las paredes.
El sábado por la mañana volví a la tienda para comprar pintura y constaté con delicia que no había ni un gato pelado en las calles.
Ahora, tras pasar dos capas de blanco, me otorgo un momento de descanso antes de reinstalar mis cosas.

Finalmente los días festivos resultan más cansados que los días laborales…

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Recorrido por las tierras de Rachida

Ya llevabamos mucho tiempo aplazando el recorrido por el aburridísimo distrito 7 cuando por fín encontramos una motivación: visitar las tierras de Rachida.
La ministra de la Justicia, Rachida Dati, es también la nueva alcaldesa de este distrito

Quedamos a la salida del metro Invalides y ya empezamos con las desilusiones: no hay bares en este lado de la explanada y tuvimos que empezar el camino sin tomar el cafecito de siempre.
Por suerte pasamos por la plaza del palacio Bourbon y pudimos instalarnos en la terraza del café de los diputados.
Ya operativos seguimos el camino.

Pasamos por el museo de Orsay, fuimos a ver la insignificante iglesia Santa Clotilde antes de volver a la explanada pero más cerca del Hotel y de su famosa capilla. Entramos, atravesamos el patio escudriñando los nombres de los cañones y salimos al pie de la iglesia.
Por suerte un rayo de sol me dio la oportunidad de sacar varias fotos y de probar mi nuevo objetivo.

Luego seguimos rumbo al museo de Rodin y despues de saludar de paso a los burgueses de Calais, empezamos a buscar un sitio en donde almorzar.
Encontramos la solución en la calle de Babylone: un pequeño restaurante muy decente en donde probamos platos tradicionales muy correctos.

Un poco lastrados por esa experiencia, volvimos al objetivo del día y seguimos el recorrido.

Caminata interminable por la avenida de Breteuil rumbo a la estatua de Pasteur.
Otra caminata tan interminable como la primera por la avenida de Saxe rumbo a la Escuela Militar.
Y despues de dar la vuelta a dicha escuela, tercera caminata por el campo de Marte.

Eso deja tiempo para meterse en varios delirios y discrepamos sobre el color ideal para pintar la torre Eiffel. Yo creo que un bonito violeta le quedaría muy bien…

Ya bien cansados, superamos la última prueba del día: la cuarta caminata interminable por la orilla del Sena, rumbo al puente Alexandre III.
Así llegamos hacia el otro lado de la explanada y pudimos comprobar que tampoco había bares abiertos.
Ya no estabamos contando los kilometros y seguimos rumbo a la primera terraza…

Al final el recorrido fue tal como lo imaginábamos: aburridísimo. Pero por lo menos lo comprobamos en vivo y ya esta hecho.
La próxima vez, escogeremos un barrio más popular…

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