Un inmenso cansancio…

Todos sentimos alivio cuando supimos que no habría confinamiento de momento. Pero eso no compensa la melancolía que provoca esta distanciación social recomendada en cada esquina y que impide visitar a los abuelos o compartir momentos con los amigos.

En mi entorno profesional, relativamente protegido, varios colegas viven muy mal este toque de queda que casi no deja tiempo para comprar tres tonterías al salir de la oficina. Son muchos los que no pudieron aprovechar las vacaciones de Navidad y las perspectivas de las próximas semanas no permiten hacer muchos proyectos estimulantes. En este contexto, cualquier problema toma proporciones exageradas, simplemente porque no pudiste comentarlo con algún amigo…

Yo sentí un inmenso cansancio que me llevó a renunciar durante varios días a las largas caminatas que tanto me gustan. Me quedé en casa con mi equipo de teletrabajo y la prueba de Covid que hice en la farmacia de la esquina resultó negativa.

El único tema que me levantó la moral fue la preparación de un regalo para una colega que se marcha de nuestro estimable instituto. Compré un oso de peluche de gran tamaño (1m80) y pasé un momento divertidísimo en el almacén de juguetes. Ahora tengo que encontrar una solución para trasladarlo desde mi casa a la oficina…

¡Hasta pronto!

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Un suspenso insoportable

Ya se acabó esta segunda semana con toque de queda a las 18.

Si yo formo parte de los que siguen caminando más allá de este límite, también empiezo a tener varios problemas irritantes de logística. Si aparto las farmacias, todas las tiendas cierran a las 18, así que comprar algo de comer resulta casi imposible.

Por suerte tengo existencias para las gatas y yo sobrevivo muy bien con pastas y arroz.

Pero lo peor de la semana fue la incertidumbre acerca de las decisiones del gobierno: ¿Confinar o no? ¿Cómo en martes o más leve? ¿Cerrando las escuelas o no?

El viernes, yo olvidé intencionalmente mi equipo de teletrabajo en la oficina, para tener la posibilidad de hacer un recorrido extra, el lunes, si tocaba un confinamiento estricto.

Finalmente, el primer ministro anunció algunas restricciones de viajes y el cierre de los espacios comerciales no alimentarios que tienen una superficie superior a 20000 metros cuadrados.

¡Por fin se enteraron de que, si no puedes socializar en los bares o las salas de espectáculos, los centros comerciales constituyen una alternativa tentadora! Entonces, los pequeños comercios pueden seguir abiertos mientras las grandes estructuras permanecen cerradas.

Esto fue la decisión del viernes, pero todos estamos esperando la siguiente decisión. Y mientras tanto, la gente sigue haciendo compras, paseando o quedando con los vecinos en la acera del bar de siempre…

Yo dediqué el fin de semana a descansar y resolver los problemas de abastecimiento.

Esta mañana, frente a la puerta de un bar de una de las esquinas de Montmartre, un hombre, decepcionado, contemplaba los horarios.

No sé porque me llamó la atención: “¡Mira! El cartel dice que abre todos los días a partir de las siete de la mañana. Y ya son las once y permanece cerrado. Y eso que necesito urgentemente un café.”

Ante una desdicha tan evidente, rebusqué en mi reserva de empatía para preguntarle amablemente: “¿Usted no puede prepararse un café en casa?”

Entonces el hombre soltó una descripción más precisa de su desdicha: “Tengo cuarenta años, soy profesor y vivo en dieciséis metros cuadrados, necesito salir de casa y ver gente”.

Yo estaba haciendo las compras y no tenía tiempo para hacerle compañía, así que le regalé una broma y seguí mi camino.

Cuando pasé de nuevo por este lugar, el café ya estaba abierto, pero no vi al desdichado. Y cuando pasé de nuevo por esta esquina al atardecer, había bastante gente en la acera para hacerle compañía…

Yo volví a mi refugio, con mis gatas y mis libros…

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Adaptándose al toque de queda parisino

Ya se acabó esta primera semana con toque de queda a las 18 en París.

El pasado fin de semana, por el frio y la nieve, respetar esta nueva restricción resultó relativamente fácil. Otro cantar fue entresemana.

El lunes, una pregunta de última hora retrasó mi salida de la oficina y para llegar a casa antes que toquen las 18, tuve que caminar muy rápidamente. Pero el lunes es un día peculiar con muchas tiendas cerradas y, entonces, mucha gente que no trabaja. Así que a la hora en punto quedaba muy poca gente en la calle.

A partir del martes, las tiendas estaban abiertas hasta las 18. Así que había mucha más gente en la calle y en las tiendas. Yo me paré en una tienda de congelados para comprar tres detalles y mientras esperaba en la caja, constaté que ya había demasiados clientes en la tienda y que la fila para pagar ya contaba más de una decena de personas… Ese día llegué a casa con 22 minutos de atraso.

El miércoles fue cuando empezaban las rebajas… Yo trabajé desde casa y albergué a una colega que quería ver las gatitas de junio y de enero. No tuvimos una productividad extraordinaria, pero fue un día muy agradable.

Cuando salí de casa, al atardecer, se notaba bastante vidilla en las calles de la colina. Pero los chubascos desanimaron a muchas personas.

El jueves, me marché tarde de la oficina y me extravié en el camino de vuelta. La lluvia me acompañó, el viento destruyó mi paraguas y llegué a casa sobre las 19.

El viernes, aproveché una tarde de libertad para caminar ida y vuelta hacia el puente de Levallois. Pasé al pie del nuevo palacio de justicia y constaté que el barrio sigue en obras porque están construyendo la extensión de la línea 14. Visité de nuevo la calle Rostropovich, pero resistí a todas las tentaciones. Pero al final de esta caminata, tuve ganas de pasar de nuevo por esta zona para mejorar mi comprensión de los diferentes espacios.

Así que hoy, aproveché una mañana soleada para caminar por el distrito XVII.

Cerca del Parque Monceau, son muchos los edificios que albergan oficinas. Pero también se ven viviendas para gente adinerada. Lo que más me asombra es la discreción de las tiendas de abastecimiento ordinario, como si la gente de estos barrios no tuviera las mismas necesidades que los demás.

Al acercarse del periférico, se ven más viviendas sociales, así como instalaciones deportivas y pequeños jardines públicos.

Yo seguí una calle que bordea el periférico y comunica varios edificios sociales y residencias de trabajadores. El tráfico automóvil produce un zumbido constante, pero desde este punto, también conseguí una perspectiva interesante hacia el edificio de Renzo Piano.

¡Merecía la pena pasar por allí!

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Restricciones y más restricciones

La vuelta a la oficina fue un proceso bastante agotador ya que todos los compañeros presentes querían ponerme al día y compensar todas las charlas que no pudimos tener a lo largo de mis cuatro semanas fuera de París. Por suerte, todavía son muchos los que practican el teletrabajo y eso simplifica las medidas necesarias para evitar las contaminaciones. Pero también hubo, entre los presentes, unas personas bondadosas que se encargaron de regar mis plantas.

Al atardecer retomé las largas caminatas que me llevan a casa, y cada día escogí un itinerario diferente. Varias cosas me llamaron la atención.

Para empezar, en el largo bulevar de Charonne, noté que varios cafés instalaron mesas altas en la acera para que la gente pueda poner su vaso y conversar con los vecinos. Si estas personas se frecuentan con constancia, queda claro que estos momentos no tendrán impacto sobre la difusión del virus, pero no sé si así es.

Cerca del canal Saint Martin, los clientes de los bares olvidan alejarse de los locales y se sientan juntos en las aceras.

Más adelante, cerca de la estación del Este, varios cafés instalaron cortinas opacas y queda claro que acogen a sus parroquianos de manera algo clandestina.

Lo cierto es que la gente ya no puede más con todas las restricciones que limitan o impiden la parte sabrosa de la vida. Y ya son muchos los que inventaron soluciones. Así tengo colegas que se llevan el pijama porque se quedan para dormir cuando unos amigos los invitan a cenar. Y todos tenemos amigos viejecitos que necesitan ayuda a cualquier hora de la noche…

El viernes al atardecer, anunciaron que la hora del toque de queda pasaría de las 20 a las 18 en todo el territorio francés a partir del sábado.

Yo ya experimenté toque de queda a las 18 en mi pueblo de Borgoña y la verdad es que, en un pequeño pueblo, no molesta porque tampoco hay muchas cosas por hacer. En París el tema me parece relativamente diferente.

Ayer necesité una gran parte de la mañana para hacer todas las compras necesarias y cuando volví a casa, se puso a nevar… Luego pasé un gran rato para dar la vuelta de la colina de Montmartre, caminando lentamente para no deslizar. Delante del ayuntamiento del distrito XVIII, la nieve se convirtió en una bonita decoración extra para los árboles de Navidad.

Después de esta ola de frio y nieve, casi todos los parisinos respetaron el toque de queda y se quedaron en casa a partir de las 18.

Hoy, aproveché un tiempo más clemente para hacer un largo recorrido por el distrito VIII. Había notado en el mapa la presencia de un mercado en la calle Corvetto y allí fue. Desgraciadamente, casi todas las tiendas estaban cerradas y eso no tenía nada que ver con las zonas de compras domingueras.

Total, volví par la calle de los martirios, tan concurrida como siempre, pero noté de paso carteles “en alquiler” en varios escaparates. No sé cuánto tiempo los comercios podrán aguantar las restricciones y evitar la quiebra.

¡Crucemos los dedos!

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Volviendo

Después de una semana completa teletrabajando desde un pueblo con conexiones lentas y toque de queda a las 18, con gusto hice el viaje de vuelta a París. El tren salía después de las 18 y llegaba a la capital después del horario del toque de queda parisino, pero hice el último tramo del viaje en taxi así que nadie me controló. Además, este viaje en coche me dio la posibilidad de contemplar una imagen diferente de la ciudad.

Este viernes, a las nueve de la noche, pasamos por calles semi dormidas, con pocas personas circulando y casi todos los comercios cerrados, como si algún brujo hubiera transformado París en cualquier ciudad de provincia. Lo bueno fue que la carrera de taxi resultó a la vez muy rápida y barata.

Luego tocaba enseñar la casa a la nueva gatita, pero las dos “ancianas” lo hicieron muy bien.

Dediqué el sábado a visitar varias tiendas de mi barrio.

Si todos los comercios alimentarios superaron el segundo confinamiento, también noté algunos cierres definitivos, incluso en la parte burguesa de la colina de Montmartre. Y de momento, nadie sabe si los cafés y restaurantes podrán salir adelante.

También pasé por el mercado Saint-Pierre y me impresionó la cantidad de clientes en las tiendas de tejidos y mercerías… No sé qué idea tienen de la distanciación física pero no coincide con la mía así que no me quedé y volví a casa.

Hoy hice un largo paseo que me llevó a la plaza de la Bastille, en donde pude descubrir la nueva y ancha escalera que comunica la plaza y el puerto del arsenal. Si no exploré este acceso, me pareció muy acertado.

Luego pasé por la plaza de los Vosgos, muy concurrida por esta tarde soleada, antes de seguir rumbo al norte para volver a casa. Había gente por todas partes, como si los parisinos tuvieran ansias de sol y de libertad.

Yo siento bastante inquietud porque el proceso de vacunación tardará varios meses y de momento tengo la sensación de que algunos bajan la guardia prematuramente.

Yo seguiré viajando en mi autobús matutino semi vació y caminando para la vuelta.

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